Fallido

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For the moon never beams, without bringing me dreams 

   Of the beautiful Annabel Lee; 

And the stars never rise, but I feel the bright eyes 

   Of the beautiful Annabel Lee; 

.

David cerró su libro de poemas de Edgar Allan Poe. Todos los días, llegando del colegio, corría a su casa del árbol a leer poemas de su autor favorito. Lo hacía con singular alegría, consciente, sin embargo, de que la obra de Poe no se caracterizaba por crear efectos de felicidad sobre la gente. A pesar de ello, a David Murillo le llenaba de dicha sentarse en aquel suelo de madera y leer aquellas oscuras líneas mientras escuchaba el viento viajar por el barrio y el sutil caer de las hojas desde la copa del árbol hasta el suelo. Él pasaba todos los días ahí metido, haciendo las tareas escolares y leyendo a Edgar Allan Poe.

Ocasionalmente su madre se preocupaba por él y la forma en la que, según ella, desaprovechaba su tiempo libre, y de vez en cuando lo obligaba a tomar alguna clase o curso por la tarde: fútbol, béisbol, karate, judo, francés, alemán, violín, piano e incluso esgrima, pero nada lograba captar la atención de David lo suficiente como para que abandonara la inexplicable obsesión de subir a su casita de madera a leer poemas de ese autor nacido en Boston. Su madre se preocupaba, aunque tal vez lo hacía sin razón legítima. A veces se culpaba por pensar que lo que hacía su hijo tenía algo de incorrecto, pues, ¿quién podría culpar a un niño por querer pasar sus tardes empapándose de literatura? Sin embargo, ella estaba segura de que algo no estaba bien. Inclusive intentó que su hijo se interesara por otros autores; que expandiera sus horizontes y no leyera Ulalume una y otra vez. 

Así fue como la madre un día visitó una librería para gastar una ridícula cantidad de dinero en libros para David. Llegando a la tienda le preguntó a la señorita del saco rojo por libros para chicos de la edad de David, y ella le recomendó que fuera a ver a la sección de “sagas juveniles”. La madre, muy determinada, corrió a juzgar los libros por las portadas y sus contraportadas. Estaba encantada con la idea de todas las moralejas que su hijo podría sacar de aquellas grandes historias, así como el enorme e importantísimo enriquecimiento cultural del que gozaría. ¿Cómo se negaría a leer todas aquellas historias magníficas? Era simplemente sorprendente que hubiera tantas historias, y de tan buena calidad.

La madre esperó a que David regresara del colegio y lo interceptó antes de que corriera hasta la casa del árbol. Lo arrastró hasta el interior de la casa y, realmente emocionada, le mostró los más de 15 libros de sagas juveniles que le había comprado. “Para que empieces a leer otras cosas”, dijo. David no respondió, dio media vuelta y, dejando los nuevos libros ahí, corrió fugazmente hasta la casa del árbol.

La madre, en su desesperación, leyó ella misma los libros que había comprado. Al terminar el segundo libro se dio cuenta de que eran una mierda, y se rindió.

Sin embargo, no se daba por vencida en su propósito de que David dejara en paz sus libros de poemas de Edgar Allan Poe. Peor aún, David había comenzado a leer cuentos. ¡Cuentos! ¿Cómo era esto posible? Pensaba que David podría ser tan feliz corriendo por el parque o siendo miembro de un club de debate. La situación, a su sabia consideración, debía cambiar, y pronto.

Decidió tomar una posición más ofensiva y activa. Pensó que, tal vez, lo que David necesitaba era una novia. De esta forma, la madre comenzó a buscar entre las hijas de las vecinas del vecindario; buscaba una yerna guapa y un poco menor que David. Un día citó a todas las vecinas en su casa para beber té de frutos rojos y comer galletitas. Ahí aprovechó para promocionar a su hijo, el cual, según todas las vecinas, era de una decencia sumamente aceptable. La madre, como era de esperarse, basaría su decisión únicamente en el físico de las candidatas. Así, pidió fotos de las hijas de todas las vecinas. Ellas en realidad no le daban mucha seriedad o relevancia al asunto, pero pensaban que era una divertida dinámica que les permitiría salir de la rutina a la que se encontraban esclavizadas. Además, la competencia con el resto de vecinas las motivaba a hacer lo posible para lograr que sus respectivas hijas ganaran la competencia, y así se les encomendara la primordial misión de sacar a David de su casita del árbol y alejarlo de sus libros de cuentos y poemas de Edgar Allan Poe.

La niña ganadora del concurso fue Romina, hija de una madre soltera que vivía en la casa ubicada en la esquina de la cuadra. Romina era, según han contado, rubia y de ojos azules, y muy guapa. Era una niña intrépida y extrovertida; gustaba de jugar fútbol bajo la lluvia y escribir un poco de poseía. En secreto era hincha del Barcelona y veía los partidos a escondidas, pues su madre prefería que aprendiera a hacer quehaceres y eso la aburría. Las madres presentaron a David y a Romina y los niños hicieron química instantánea, aunque no se obtuvo el resultado que la mamá de David buscaba. El objetivo original era que Romina convenciera a David de salir de la casa del árbol a recibir los rayos del sol y tal vez aprender a patear una pelota; que David sintiera algo por ella y un día caminara toda la cuadra cargando un ramo de rosas amarillas para entregárselas en la puerta de su casa en la esquina; que se enamoraran y sufrieran al amor de una manera wertheriana; que conocieran la añoranza por otra persona y se aprehendieran de ella.

Pero las cosas no fueron así. David y Romina entablaron una amistad como pocas se habían visto en el vecindario, y por los próximos meses, cada día al terminar las clases, David y Romina corrían a encerrarse en la casa del árbol a leer en voz alta cuentos y poemas de Edgar Allan Poe. Se les oía recitar en voz alta los versos de The Raven; en español e inglés; los 2 al mismo tiempo o uno completando los versos que comenzaba a decir el otro. La madre de David enfureció. No podía creer que cada uno de sus planes fallaran. Nunca se detuvo a pensar si lo que estaba haciendo era lo correcto o si la razón se encontraba de su lado; simplemente tenía ese casi inexplicable capricho de hacer que su hijo despegara las ojos de aquellas letras. Sin embargo, el cansancio provocado por los constantes fracasos comenzaba a nublar su visión y raciocinio. ¿Qué más podría intentar?

Una calurosa tarde de mayo, la madre preparó unas galletas para David y Romina, quienes, para variar, se encontraban recitando Annabel Lee en la casita del árbol. Sacó la bandeja de galletas del horno y las colocó, delicadamente, en una charola para dejar que se enfriaran. Para hacer más rápida la espera, abrió una botella de ginebra y se tomó tres vasos de dicha bebida en las rocas. Cuando la temperatura de las galletas era aceptable, levantó la bandeja y cruzó lentamente el jardín hasta el árbol donde se encontraba la casita de David. Notó que ya no se escuchaban los versos recitados por los niños y que, más bien, era el silencio el que reinaba su entorno. Gritó el nombre de David y Romina un par de veces, esperando que bajaran y disfrutaran de las galletas recién preparadas, pero no obtuvo respuesta alguna. Sintió que su pulso se aceleraba y el miedo y la preocupación invadieron su alma. Rápidamente dejó la charola de galletas sobre el pasto del jardín y subió las escaleras de la casita del árbol, hasta que pudo asomarse por la entrada.

La escena que testificó era muy confusa. En el centro de la casita había un lecho, sobre el cual se encontraba Romina totalmente vestida de blanco. A su lado, en una silla, se encontraba David, completamente vestido de negro. Romina se encontraba boca arriba y con los ojos cerrados, y David mirándola fijamente desde la silla en la que yacía sentado. Entonces, Romina comenzó a murmurar:

Escucho sonidos / leves sonidos / movimientos que se producen en la cámara de la casa del árbol.

Leves sonidos / y movimientos insólitos / que vienen de las colgaduras.

La madre miraba atónita, pero en silencio. Como cuando uno espera, pacientemente, un inminente desenlace. Entonces Romina calló y David comenzó a hablar. Le explicó a Romina que aquellos sonidos y movimientos que alucinaba eran efectos naturales de la corriente del aire que entraba a la casita del árbol por las ventanas. Romina no contestó. David se levantó de la silla y cruzó la casita del árbol, sin reparar en que su madre los espiaba con la cabeza asomada desde la entrada. Tomó una botella de vino que se encontraba en el piso y sirvió un poco en una copa de vidrio que también encontró al agacharse al suelo. Regresó a donde Romina y le dio un poco, dejando caer, lentamente, el vino sobre sus delgados labios. Romina hizo unos sonidos guturales, se convulsionó un poco, y cayó muerta sobre el lecho.

La madre ahogó un grito. Bajó las escaleras totalmente deprisa, cruzó el jardín y se encerró en la cocina. ¿Qué es lo que acababa de ver? ¿Había asesinado David a Romina? ¿Qué le iba a decir a la madre de la niña? Todo sería caos y tragedia y ¿qué dirían las otras madres del vecindario? No podía creer que su pequeño hijo, ese que nunca salía de sus cuentos de Edgar Allan Poe, hubiera sido capaz de matar a la única mujer que se le había acercado, y con la que había compartido su afición a diario. Tal vez la única opción sería dejar ahí el cuerpo de Romina, y huir con sus familiares en Argentina, donde el largo brazo de la ley no pudiera alcanzarlos. ¿O tal vez sería mejor simplemente esconder el cuerpo y decir que aquel día no estuvo en su casa? No. David no sería capaz de mantener la mentira, sería imposible para él mentir en cuanto viera llorar a la mamá de Romina. Pero, ¿qué hacer?

Sin embargo, su siguiente pensamiento fue que tal vez no sería justo que David no pagara por su crimen. Tal vez tenía un hijo psicópata y asesino y, si no lo detenía en ese momento, entonces podría llegar a tener más víctimas. Pero no podía pasar por la vergüenza de llamar a la policía y tener un hijo preso y que todas las madres del vecindario le tuvieran repulsión y lástima. Quizá lo mejor sería deshacerse de David, y decir que partió definitivamente a vivir con algunos parientes lejanos inventados y que nunca más volverían a verlo en el barrio.

Tomó el revólver que tenía escondido en la casa. Lentamente cruzó el jardín, totalmente decidida a ejecutar su decisión. Subió las escaleras y se asomó por la entrada. El cuerpo inerte de Romina continuaba en el lecho, y el hijo de puta de su hijo estaba sentado en silencio, como si se encontrara esperando a que pasara algo.

Pero la madre no esperó. Rápidamente terminó de subir y, sin que David pudiera decir palabra o si quiera notar su presencia, le metió tres balazos en el pecho; todos ellos del lado izquierdo. La última mirada de David estuvo llena de sorpresa e incredulidad, mientras caía de espaldas sobre un montón de libros de Edgar Allan Poe que se encontraban apilados en la parte trasera de la casita del árbol. Tras detonar los tres disparos, se escuchó un grito desde el lecho donde se encontraba Romina. Esta se incorporó y miró cómo su compañero de lectura llegaba al piso ya muerto.

La madre volteó a ver a Romina, quien empezó a llorar sin manera de controlarla. Romina corrió hasta el cuerpo de David y lo abrazó fuertemente, sollozando y chillando. Así estuvo un buen rato, mientras la madre continuaba parada sin saber qué era lo que estaba pasando. Entonces Romina, llena de odio, volteó a verla, y, a manera de gritos, le explicó que se trataba de la simulación de un cuento de Edgar Allan Poe. La madre, dándose cuenta de su error, comenzó a llorar. Pensó en lo pendeja e impulsiva que había sido. Llevó el revolver hasta su cabeza y se volvió a escuchar un disparo. Su cuerpo cayó por las escaleras de la casita del árbol hasta llegar al pasto, junto a la charola de galletas que ya habían sido devoradas por los cuervos.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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