Las Cosas Que No Sabemos Nombrar

Autor invitado: Chuck Pedroza

Las Cosas Que No Sabemos Nombrar

“To be young was to be more closely rooted to the thing that forms you”.

– Rachel Kushner, The Flamethrowers.

Lo que más recuerdo de esos días era cómo el sufrimiento parecía estar en todas partes. Todos éramos jóvenes y hermosos desastres, un cúmulo caótico de hormonas; emociones crudas y fuera de control. Una extraña dicotomía: la agonía estaba en todas partes pero nada dolía, todo parecía distante.

Todos habíamos escuchado de Santi, que odiaba su cuerpo tanto que tenía que vaciar sus entrañas en el excusado, moldeándolo a la perfección; o sobre cómo Mariana grababa todas las cosas que no podía decir en voz alta sobre su piel: un grito de ayuda, paradójicamente silencioso e imposible de ignorar. Todos experimentamos de primera mano aquel dolor amorfo que nos rodeaba e interpretábamos aquellas expresiones de violencia como nuestra normalidad.

“Ya párale con esas chingadera, ¿no?”. Le dije a Mariana alguna vez, mirando el sinfín de marcas rosáceas que danzaban por su piel mientras intentaba prender un cigarro. Y ella solo asintió. Y yo asentí. Y nada pasó.

Mariana eventualmente dejó de cortarse y Santiago de vomitar, y el dolor sin nombre que nos rodeaba se ausentó por un tiempo, esperando resurgir de maneras permanentes. Todo lo tomábamos tan a la ligera, como si fuéramos inmortales. Imagino que así debieron de sentirse los primeros humanos, antes de descubrir que eran capaces de morir. Quiero pensar que ahora, si algo similar sucediera, no me quedaría inmóvil e ingrávida, como hice tantas veces.

Recuerdo esos días con cariño, el periodo antes de que me volviera cínica y desinteresada. Ese momento cuando nos sentíamos ajenos a nuestros cuerpos, esos trajes de piel y sangre en cambio constante, antes de que las mujeres nos convirtiéramos en estos objetos codiciados y menospreciados; antes de que los niños se transformaran en hombres que se emborrachan, y nos golpean y pagan a regañadientes por nuestros abortos.

Mi memoria más vívida de esa época ocurrió un par de días antes de que Valentina desapareciera. Yo la admiraba. Todos lo hacíamos. Era la única que parecía poder darle sentido a esa masa primitiva de emociones sin identificar. La única que hacía preguntas y cuestionaba las cosas. Hermosa cuando aún ninguna lo éramos; rebelde cuando todos seguíamos subyugados; intacta cuando aspirábamos a que nuestras peores cicatrices estuvieran sólo en la piel. Jamás entendí si quería ser como ella o si la odiaba con ese rencor especial guardado para las que llamamos amigas. Nunca supe qué pasaba por su mente pero recuerdo vívidamente su voz diciendo “Ya, Isa, vamos. Va a ser divertido” y cómo jamás lo fue. Esa era la parte de ella que me asustaba: la manera en la que sus pupilas se dilataban cuando nos ponía en peligro, la emoción que le daba, la risa frenética que escapaba de sus labios. Supongo que hay personas que tiene un deseo mortal.

Cualquiera que fuera el motivo, algo no estaba bien con ella. Valentina tenía un lado oscuro, casi imperceptible para la mayoría, latente detrás de sus ojos cafés, que se volvían casi tan negros e impenetrables como una noche sin luna cuando alguien la desafiaba. No era maliciosa, sólo estaba acostumbrada a que las cosas fueran a su modo. Nos deslumbraba pero casi a nadie le caía bien. Nos hacía sentir inadecuados, especialmente a mí, su única amiga.

Es extraño pensar en esa noche, cuando me sacó de mi cama a las dos de la mañana antes de nuestro primer día de prepa. Una noche de primicias: la primera vez que me subí a un coche con dos desconocidos, un par de niños de preparatoria, que nos estaban esperando en la esquina de mi calle; la primera vez que tomé alcohol, ese sabor áspero y frutal, el inicio de un libro lleno de desahogo y bochorno que aún escribo cada fin de semana; mi primer beso, ese encuentro entre labios inexpertos, dedos bailando por mi cuello y mi cara, dejando marcas eléctricas y piel erizada, el sabor de saliva mezclada con vodka, una amalgama que continuamente busco emular.

Esa noche, la última vez que la vi, Valentina era un manojo de risas. Energía pura, una explosión atómica contenida en una majestuosa joven de apenas dieciséis. La sensación de la noche persistió en mi piel durante el calvario de la siguiente semana. “¿Mencionó Valentina estar deprimida?, ¿tenía algún motivo para escaparse de su casa?” fueron preguntas que la policía formuló a cada uno de nosotros. Sus papás no se alarmaron al principio. Suponían, como el resto, que aparecería eventualmente como siempre. No les dijimos nada a los detectives sobre lo misteriosa que era, ese delicado espectro lleno de secretos. Podían pasar días sin que nadie la viera. En ocasiones, iba en bicicleta hasta su casa y la encontraba hablando con chicos mayores y en otras me dejaba esperándola afuera de casetas telefónicas mientras hacía llamadas entre susurros. Solía pensar que eventualmente bajaría su guardia, que yo era la que podía ver más allá de su actuación. Me engañaba a mí misma. La verdad era que nadie la conocía realmente ni sabía lo que la hacía verdaderamente feliz.

Descubrí más sobre ella esa semana, por los murmullos que se escuchaban en los pasillos, que en una vida de conocerla: de la vez que Valentina había intentado saltar del techo en una fiesta del hermano mayor de Luis; de cómo había pasado tres días sin salir de su casa cuando Roberto, en un arranque de ira, la abofeteó; de cómo le había contando a Mariana su elaborado plan para salirse de su casa y convertirse en actriz de Hollywood.

Nunca más vimos la volvimos a ver. Nunca encontraron un cuerpo. Me gusta pensar a veces, mientras veo una película, que esa actriz secundaria que aparece en un par de escenas y se las roba con su carisma puede ser ella. A veces fantaseo con la posibilidad de un día topármela en la calle. Nos saludaremos como viejas amigas y podré asegurarme de que ella, como nosotros, también sufría. Que todas las dudas e inseguridades que nos aquejaban a nosotros, también la preocupaban a ella. Que no era este ser etéreo, si no una más de nosotras, defectuosa y marcada: una sobreviviente. Y finalmente le preguntaré si logró ponerle nombre a esa aflicción juvenil que nos acosaba. Si consiguió definir su dolor antes de que, como al resto de nosotros, este lo definiera a ella.

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