Invierno

Me llamo Cecilia pero él siempre me llamó Pumpkin, no sé si por algún trauma de su niñez o si quería revivir viejas memorias conmigo. Nuestra relación es más normal de lo que podría parecer, cada quien vive su vida y trata de molestar al otro lo más mínimo posible.

Así vivimos tratando de ser un fantasma en el mismo departamento. Yo me adueñaba de las ventanas, del sofá verde pistache que siempre odiamos pero nunca lo dijimos, de un rincón de su cuarto y del lado del balcón donde estaban sembrados unos claveles. Él se adueñaba de todo lo demás y hasta invadía mis lugares, como si por algún derecho que yo no entendía él fuera dueño de todo y mis opiniones y reclamos no importaran para nada.

Nunca supe su nombre y nunca me preocupó lo suficiente como para preguntárselo. Siempre estaba solo y las pocas visitas que tenía siempre lo llamaban de manera distinta: hijo, imbécil, estúpido, pendejo. Nunca supe cuál de ellos era su verdadero nombre.

Éramos dos solitarios ausentes que se complementaban. Se despertaba a las ocho de la mañana, me daba una pequeña caricia en el lomo que yo recibía de malas, se tomaba una larga ducha con agua hirviendo que llenaba con vapor todo el departamento. Mientras tanto yo me levantaba y caminaba por el lugar hasta que se volviera lo suficientemente sofocante para hacerme salir por una ventana hacia el balcón. Ahí hacía mi rutina matutina hasta que el olor de la comida en el plato me hiciera regresar. Me sentaba a comer en el extremo opuesto a él. Después de acabar de comer un pan dulce con el café lavaba los platos, los regresaba a su lugar y salía del departamento dejándome terminar de desayunar en paz.

El frío y el cielo gris que cada vez eran más comunes parecían apesadumbrarlo todo, en especial su rutina. Cada vez se despertaba más tarde y las duchas duraban menos. Las caricias matutinas algunas veces se tuvieron que obviar por cuestión de tiempo, hasta que desaparecieron de la rutina. La verdad es que no necesito mucho amor, así que lo de menos eran su ausencia pero lo que sí me preocupó fue cuando la comida empezó a tardar en estar en el plato o incluso a faltar completamente y tenía que salir a la calle o escabullirme en los departamentos de los vecinos para poder encontrar algo que comer. Me quedaba de consuelo que el plato de leche siempre estaba lleno y limpio.

De manera tajante todo cambió. La rutina dejó de ser la misma, él dejó de salir por las mañanas, pasaba más tiempo durmiendo y en la cama sin hacer nada. Las duchas no sólo se redujeron en su duración, sino también en su frecuencia. Si se levantaba sólo era para ir al baño, ordenar comida china o calentar las sobras del día anterior, fumar y darle un largo trago a una de las botellas que tenía con un líquido transparente que de sólo olerlo mareaba. Si se acordaba servía un poco de comida en mi plato, el cual ya no se lavaba, pero fueron pocas las veces que esto sucedía así que terminé siendo una cliente asidua de la puerta trasera del restaurante de la esquina.

Pero lo que más cambió fue el paisaje fuera del departamento. El contraste entre el exterior y el interior de los edificios era muy marcado. Las calles estaban vacías, frías, grises y tristes, mientras que las imágenes que enmarcaban las ventanas eran cuadros que contrastaban con la pared donde se colgaban. Dentro podía ver luces chiquititas de colores que centellaban a lo largo de lo que parecía ser una enredadera que recorría todas las cosas. Como una línea de luz infinita que abrazaba árboles, puertas, muebles. Creo que hasta vi un pequeño venado envuelto en esas pequeñas luces. Pasar cerca de las ventanas era una de las sensaciones más agradables que he conocido. Del vidrio se escapaba un poco del agradable calor que hacía en el interior de los cuartos. Y también el murmullo de las risas de los residentes que debían estar en otros cuartos pues no pude llegar a verlos.

Anoche se fue a dormir con una botella y un bote pequeño de color naranja. Hoy ambos están vacíos. Por más que maúllo y lo rasguño no se mueve. El departamento se siente más frío que de costumbre.

A. J. T. Fraginals

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