Libros interminables

Es muy molesto verlo ahí todas las noches, a mi lado.  En mi mesa de noche, debajo de mis lentes. Lo sé, entiendo que dicen que no todos los libros son hechos para que todo el mundo los lea, que nos vamos a topar a lo largo de nuestras vidas con libros que no van a ser leídos, que no quieren ser leídos o que no se dejan terminar de leer.

Lo sé, sé que dicen eso, pero el libro está ahí todas las noches desde hace ocho meses. No se puede quejar, lo he leído poco a poco. Algunas páginas unos días y otros se queda por completo en el olvido. Tampoco se puede quejar de haber sido abandonado u olvidado en una mesa de noche, donde actúa más de adorno que de libro. Como muchos de los libros de un librero. Tiene compañía, compañía que lo ilusiona porque es un libro con un promesa de una lectura futura. Como si una voz lo reconfortara diciéndole que todo va a estar bien, que no se preocupe que é será el siguiente, que está tan al alcance de la mano que en cualquier momento de aburrimiento o de ocioso lo van a leer o mínimo a hojear o a ojear, que todo estará bien mañana, que hoy tenían ganas de leer algo diferente, que mañana tendrán ganas de leerlo. Los libros vienen y van de la mesa de noche y él tiene el separador siete páginas después de donde estaba hace un mes.

Es fácil abandonar un libro cuando es tedioso, cuando la historia no nos llama, cuando pensamos que lo que dicen son estúpideces o que están estúpidamente mal planteadas las ideas o cuando simplemente nos aburre. Existen muchas razones para abandonar un libro y regresarlo al librero apra que acumule polvo entre sus amigos. El problema es el momento en el que no puedes justificar por qué deberías de abandonar lo y lo sigues teniendo ahí, bajo la promesa que ahora sí lo leeras, pero mientras tanto te pica el gusanito de la curiosidad y hojeas otro libro el cual te atrapa y no lo puedes dejar hasta que lo terminas. Entonces te decides y ojeas al de la mesa de noche, antes de terminar de leer una nueva página lo cierras y te decides dormir. Sueñas con la historia pero no lo vuelves a abrir. Lees otro libro.

No existe razón para abandonar ese libro pero lo haces y eres tan terco como para aceptar que te cuesta terminarlo, no es malo, te dices, de hecho es un clásico. Sí un clásico ruso, para los largos inviernos donde no había más que hacer, para pasar el tiempo, que sentarte y leer. Leer monstruosidades rusas tan largas como los mismos inviernos. Tú ni frío tienes, pero ahí está la novela en tu mesa de noche esperando. Dices que por fin lo vas a terminar que tienes un poco de frío, que es hora de adentrarte a la historia y leerla como dios manda, pasando frío.

El metereólogo dijo que mañana la temperatura iba a estar a treinta grados centígrados.

A. J. T. Fraginals

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