Ella escribía desnuda

Ella escribía desnuda. Nada la perturbaba, de la noche a la mañana escribía. Escribía tanto un viernes por la noche como un lunes por la mañana. Escribía semanas enteras, sin descansar, hasta completar lo que tenía en mente. Podía pasar meses sin agarrar pluma y papel, ni siquiera acercarse a la máquina, incluso olvidaba sus nombres. Pero eso sí, cuando escribía lo hacía desnuda. Desnuda su mente, desnudo su cuerpo. 

Para ella la desnudez no era tabú, la desnudez era y punto. Como la luz es, como se es porque se es, la desnudez era, no tenía razón, ni porqués, ni explicaciones. La desnudez simplemente estaba ahí e imponía su ser. Nunca se cuestionó su desnudez ni la de los demás. Nunca escuchó los suspiros, los murmullos, los ojos de los niños que las mamás obligaban a silenciar cuando a ella se le ocurría algo que escribir en un café y, después de conseguir pluma y una servilleta, se desnudaba poco a poco en medio de dos sillas. Con la misma naturalidad que uno se desnuda en la tenue luz del baño a media noche. Con la misma tranquilidad con la que uno se desnuda antes de irse a dormir. Con la misma ilusión en los ojos con la que uno se desnuda ante el cuerpo ajeno a punto de emprender vuelo. 

Su striptease público era un ritual necesario para escribir. Cuando escribía ella ya no estaba en este mundo. Para muchos ojos se volvía un demonio que tenía que morir en la hoguera donde con su piel chamuscada purgaría los malos pensamientos de su hijo que no podía apartar su mano de la bragueta. Para otros era un signo claro de la soledad en que vivía y que llamaba la atención de cualquier manera para que el primer calenturiento se le acercara, aunque fuera sólo con la mirada, para sentirse, aunque sea un poquito, acompañada. Para otros era una cosificación de la mujer causada por el sistema falocéntrico del patriarcado. Otros ojos pensaban que esa mujer era una cualquiera y que jamás se casarían con ella. Claro, no le negarían ninguna noche en su cama. Otros la miraban de reojo, soñando algún día poder tener una mujer como ella en su cama. Otros la miraban con envidia, deseando poder tener ese cuerpo algún día, y siempre encontraban hasta la más mínima imperfección y tenían la urgencia de comentárselo a la persona que estuviera más cerca, aunque no la conociera. Otros la miraban con los ojos cristalinos, ilusionados de algún día tener la seguridad de ella para mínimo poder enseñar un poco más de escote. Ella nunca supo de estas miradas. Ella nunca se percato de lo raro que era desnudarse sin ningún motivo en medio de un café. Pero en el lugar donde ella se refugiaba para escribir tenía un código muy estricto de vestimenta: la ropa estaba completamente prohibida. 

Así fue como la conocí, a fuera de un café un día lluvioso. Parecía el encuentro cliché en una historia de amor, si no fuera por el hecho que a ella se le había ocurrido algo que escribir y apenas terminó de desnudarse, el dueño, un señor grande y cansando de la vida que ni siquiera le miró el lunar que tenía en la nalga izquierda, la corrió del lugar, la aventó a la intemperie. Y el muy cabrón se quedó con toda su ropa, en especial con su ropa interior que guardó con celo en sus pantalones. Yo la vi y le ofrecí abrigo, no me hizo caso y no paraba de pedir papel y pluma. No escuchaba palabras sólo murmuraba que necesitaba escribir. Entré corriendo al café y encontré una pluma y unas hojas que un estudiante estaba a punto de tirar. Se los di y ella empezó a escribir en el papel que se mojaba y con la tinta que luchaba y fracasaba en impregnarse en éste. Logré hacer que caminara conmigo unos pocos metros para refugiarnos en una parada de autobús. Ahí pudo encontrar un lugar seco para escribir durante hora y media. Cuando salió de su trance regresó a este frío mundo y me vio con ojos confundidos. Le expliqué qué fue lo que pasó. Y me dijo – Soy Sofía, es lo único que sé. Y estoy completamente desnuda. 

En mi departamento rechazó la ropa que le ofrecí y me pidió un café caliente. Sólo la cubría mi chamarra, a la que estaba aferrada como si fuera lo único que le quedara, y tal vez lo era. Sus piernas y parte de sus nalgas quedaban desnudas y no aceptaba lo que le daba para que se cubriera. Su piel desnuda descansaba en la silla del comedor mientras el café calentaba sus manos y su mirada se perdía en las gotas que golpeaban la ventana. Yo ordenaba los papeles en los que ella había escrito algo hace apenas unos minutos atrás. La mayoría era ilegible por la tinta corrida. 

-Oye, ¿Qué hago con esto? – le pregunté mientras le mostraba los papeles mojados de mi mano.

-¿Qué es eso?

-Lo que escribiste. ¿Lo tiro? ¿Lo guardo? ¿Te lo doy? El papel está tan mojado que no se entiende nada. 

-No sé, no me importa. Si quieres te los regalo para que los pegues en tu refrigerador que está tan blanco que da miedo. 

-¿En serio?

-Sí y quita esa cara cara de estúpido que puede ser contagiosa. 

-Pero, por poco te da neumonía por escribir esto y ahora resulta que te da lo mismo que lo lea a que se lo coma el perro. 

-No seas tan exagerado.

-Estabas desnuda bajo la lluvia queriendo escribir. Si no te hubiera ayudado todavía estarías ahí. 

-Awww, mi ángel guardián, o debería decir mi pervertido guardián. Oye, ¿Dónde está mi ropa? ¿O planeas que pase toda la noche con el trasero desnudo en esta silla tan fría?

-Por eso te ofrecí mi ropa pero no la quisiste. 

-¿Tu ropa? Jajaja. Por qué tendría yo que ponerme tu ropa. No, quiero la mía. 

-No la tengo. Cuando te encontré ya estabas desnuda, creo que la olvidaste en el café donde entré a buscar el papel, pero no había nada. 

-¿Cómo sé que no dices eso porque me quieres ver encuerada?

-¿Verte? Ya te vi hasta el lunar que tienes en la nalga. Eres una chica muy testaruda cuando alguien quiere vestirte. Normalmente pensaría que sería al contrario, pero yo qué sé. 

-Sí, tú qué sabes. Mejor cállate. 

-Mira, yo tengo que salir. No estoy para jueguitos. En esa puerta está el baño. Te recomiendo que tomes una ducha caliente. Luego puedes vestirte. Ahí están las cortinas, unas colchas y hasta un mantel si no quieres usar mi ropa. 

Ella estaba tomando a sorbos su café y no se dio cuenta cuando me fui. Estaba sola en el frío departamento. Solo una chamarra cubría su torso. Sus piernas temblaban y de su pelo escurrían unas gotas de lluvia. Caminó por el lugar como un gatito que acaba de descubrir el paraíso de una sala antes desconocida. Con pasos inseguros pero curiosos, llenos de vida pero tímidos de conocer el mundo. Recorrió el lugar y terminó en la ducha. 

La puerta se abrió. La chamarra estaba sobre el sofá. La ropa interior colgaba de la lampara de la sala. Y una camisa de cuadros estaba a sus pies. Ella estaba acostaba boca abajo, completamente desnuda, tenía sus pies cruzados y los movía conforme escribía. A su lado derecho había un montón de hojas con garabatos que alguien con muy buena imaginación podía llamar palabras. Enfrente de ella estaba una única hoja escrita hasta la mitad. En la esquina inferior derecha hizo un garabato mucho más legible, era su firma y hacía la función de la palabra “fin”. Se levantó. Recogió la camisa y se la empezó a abrochar. Se dio la vuelta. Con sus ojos buscaba algo en el departamento. Me encontraron, se detuvieron un rato en mí y luego continuaron con su búsqueda. Se fijaron en la ropa interior. Fue hacia ella. La camisa la cubría menos que la chamarra. Me miró fijamente mientras hacía su recorrido y cuando se puso la ropa interior, al acabar me sonrió. 

-Sí, lo sé. Pero tienes peor gusto en cortinas y manteles que en ropa. 

-Te quedan mejor que a mí. 

-Eso ni lo dudes. 

-¿Ya estás mejor?

-Sí, gracias pero no estoy de muy buen humor cuando despierto y estoy encuerada enfrente de un hombre, en un lugar extraño. 

-¿Despertar? No estabas dormida, simplemente desnuda, algo testaruda y muy ida, pero no dormida. 

-Dormida no, pero algo similar. 

-Ahorita estabas desnudas, o sea que …

-Sí. 

-Entonces, cuando estás desnuda es cuando estás ida.

-Exacto.

-Pero también es cuando escribes. 

-Sí, también …

-Y qué escribes. 

-No sé.

-Cómo que no sabes.

-No sé. Ahí están los papeles, léelos si quieres. 

Me acerqué al montón y lo recogí. 

-No sé entiende nada. Creo que aquí dice vaso y aquí histeria y aquí toro. No tiene sentido. Mejor dime qué dice. 

-No lo entiendes ¿verdad?

-Entender qué.

-Que no sé qué dice. No sé qué escribí. Por algo digo que me despierto, porque antes de eso no sé nada. Es como si hubiera estado en otro mundo, en un lugar donde nada me preocupa, donde todo tiene sentido y donde soy feliz. Donde todo es posible y nada te va a hacer pasar malos ratos.

-Por eso es que estás como ida. 

-Sí. No sé por qué sucede pero desde niña me ha pasado. Y siempre termino con un montón de hojas llenas de garabatos, no las puedo leer, pero en los trazos sé que las escribí feliz. Pero no sé por qué. 

-¿Por qué tienes que escribir desnuda? No me quejo, me agrada mucho la idea, pero no entiendo por qué.

-Jajaja, te estás acostumbrando a verme desnuda y eso no es bueno para ti. No sé la razón exacta por la que me desnudo, pero te puedo decir lo que creo. Escribir para mí es un acto completamente egoísta, no me importa si alguien me va a leer, ni si les va a gustar, o qué van a pensar. Esas son cosas secundarías sin importancia. Yo escribo porque necesito escribir, es como si fuera una especie de adicción, una obsesión por huir. Cuando todo es difícil y complicado y parece que todo se me escapa de las manos, es cuando necesito escribir. Necesito tener el control de todo. Necesito poder decir que te extraño y quiero saber de ti, hablar contigo y que me respondan con una sonrisa y los brazos abiertos, no que me digan que eso no les quita el sueño y que prácticamente me asesinen y sólo me dejen con su recuerdo preguntándome, si de vez en cuando, me convierto en un fantasma que recorre su cuerpo. Cuando siento la necesidad de huir pierdo el control de mi cuerpo y poco a poco pierdo la conciencia. Lo único que puedo recordad, es borroso, es que dejo de hacer lo que esté haciendo, me levanto y lentamente me empiezo a desvestir. Lo siguiente que sé es que estoy desnuda con un montón de hojas escritas al lado. 

-¿Entonces escribes porque estás feliz?

-No. Escribo porque quiero ser feliz y tengo miedo de perder el control del momento y que todo se arruine. Escribo para que los momentos que me gustan nunca se acaben. 

Ella se acercó a mí. Me besó la boca y se desabotonó la camisa. 

A. J. T.  Fraginals

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