Bailar Beethoven

La luz del atardecer entraba por la ventana, atravesando esas cortinas de lino tan viejas que ya ni servían para dormir de más los fines de semana, iluminando todo el pequeño departamento en el que llevábamos un año viviendo pero que parecía que recién nos habíamos mudado. Habían pocos muebles y no estaban acomodados en ningún orden en particular, no podías decir dónde estaba la sala, el comedor o la recamara. Incluso no podíamos decir siquiera si teníamos alguno de esos. Entre todo el caos de los muebles el piso se encontraba lleno de torres de libros y de discos de vinyl, porque Laura siempre me decía que esos se escuchaban mejor, pero yo nunca pude notar ninguna diferencia.

En todo el departamento se podía escuchar la quinta sinfonía de Beethoven tocando en el viejo tocadiscos que su abuelo le había regalo cuando ella cumplió trece años y que con el tiempo había aprendido a reparar. El sol estaba en la posición exacta en la que era casi imposible ver más allá de la ventana. Las ventanas estaban tan iluminadas que parecían de un blanco perfecto. Y ahí estaba Laura, en ropa interior y con una playera mía viendo el disco girar. Su figura agachada era simplemente una sombra que resaltaba entre las ventanas. Volteó a verme y se acomodó sus gafas que estaban a punto de caerse. Se levantó y sonrió.

-¿Sabes?- me dijo- Siempre me ha gustado bailar la quinta sinfonía pero nunca lo he hecho con alguien mirándome. Siempre he pensado que me dirán loca.

-Me gustan las locas.

-Lo sé.

-Jamás te lo dije.

-Pero estás conmigo. Supongo que te gustan las locas si te gusto yo.

Exhalé la ultima bocanada de mi cigarrillo y tiré la ceniza en la vieja lata de té que tenía a mi lado. Le di un trago a la copa de vino que ambos compartíamos y volví recargar mi desnuda espalda en la pared.

-Nunca te he visto bailar- le dije.

-Lo sé, no bailo con cualquiera ni para cualquiera.

-Pero siempre que estás feliz intentas bailar. Te muerdes el labio y tus pies se empiezan a mover en un ritmo que no logro descifrar. Después de un rato te das cuenta, te dejas de morder el labio y te detienes. Es como si te prohibieras bailar.

No podía verle la cara porque ella era una mancha oscura que contrastaba con la luz que entraba en la habitación, pero estaba seguro que se había mordido el labio.

-Tienes razón. Veo que me conoces más de lo que pensaba. Sí, cuando estoy feliz me dan ganas de bailar. Pero no bailo porque bailar no es cualquier cosa. Bailar para mí es algo mágico. Ya te habrás dado cuenta que no soy una persona normal y que muchas veces no sé lo que hago y me preocupo mucho por cosas demasiado tontas. Pero cuando bailo soy yo y no me siento extraña ni que esté loca. Siento que no hay ningún problema en el mundo y que yo encajo perfectamente en él. Por eso no bailo en fiestas ni con personas. Porque con ellos en mi mundo no me siento bien. Siento como si un fantasma irrumpiera de pronto y moviera las cosas de su lugar. Como si hasta los muertos pensaran que yo estoy loca y que tampoco puedo pertenecer a su mundo. Como si yo no perteneciera ni aquí ni allá. Por eso bailar para mí es un ritual privado. Es esa ceremonia mística que me dice que pase lo que pase yo no estoy tan loca. Y que puedo seguir viviendo en este mundo lleno de gente demasiado cuerda.

-Laura, tú no estás loca.

-Por favor, tú me conoces mejor que nadie. No puedes decir que no estoy loca. De todas las personas que alguna vez he conocido en mi vida tú eres la única que tiene derecho para llamarme así.

-Está bien estás loca- alcé la copa de vino en señal de brindis por su locura. Su risa se confundió con la quinta sinfonía que todavía era nuestra música de fondo.

-Sabes qué, loquita. Si no fuera por tus locuras yo hubiera salido corriendo de este departamento desde hace varios meses. No se puede vivir aquí. No sé siquiera dónde está la recamara. Tampoco sé …

-Creo que no tenemos recamara- me interrumpió.

-Tampoco sé dónde está la sala. No sé dónde puedo sentarme a descansar. Esto que llamamos hogar es un caos.

-Puedes descansar ahí, donde estás, en el piso con tu vino.

-¿Qué piso? Casi no hay piso. Todo el piso está invadido por mis libros y por tus discos. Esto no parece un hogar, parece el manicomio de dos locos.

-Tal vez tú también estás loco como yo. ¿Te acuerdas lo que me dijiste en aquel café cuando nos conocimos y me tiraste encima mi espresso?

-No.

-Ese día creí que estabas loco, casi tanto como yo. Tú me lo acabas de confirmar. El hecho que no te hayas ido hace meses significa que estás tan loco como yo. Ese día me dijiste que te gustaba tanto la literatura que podías vivir de libros y rodeado únicamente de ellos. Mira a tu alrededor y dime qué ves. Y dime si no estás tan loco como yo.

-Jamás pensé que se pudiera tomar esa frase tan literal. Pero aquí estoy, rodeado de libros, de música y de ti. Y me ha sido suficiente para llamar hogar a este manicomio de dos personas.

-Ves, estás loco. Quién en sus cinco sentidos quisiera estar aquí conmigo en este manicomio, como tú lo has llamado.

-Tal vez sea cierto que nos parecemos demasiado.

-¿Por qué lo dices?

-Sólo un loco como yo querría estar con una loca como tú. Y viceversa.

-Jajaja. Ahora resulta que somos la perfecta pareja de loquitos.

-Lo somos. Una loquita que no baila mas que para sí misma. Y un loquito que no sabe bailar.

-¿No sabes bailar?

-No. Por eso nunca me importó que en las fiestas no bailaras y que tampoco te interesara mucho salir con tus amigas a bailar y que yo tuviera que ir contigo.

-¿Cómo te escapas a tu mundo?

-Leyendo.

-Pero ese no es tu mundo, es el mundo de otros que te lo prestan por momentos, pero siempre se los tienes que devolver porque otros, después de ti, también lo van a visitar. No es un lugar donde puedas decir que te ocultas porque siempre tendrás, mínimo, los ojos del autor y de los personajes observándote. Y ellos son peores que los fantasmas. No solamente te van a cuestionar en un mundo, sino en tantos mundos como personajes haya. ¿Y si estás tan loco que en ningún mundo te aceptan? ¿Y si te conviertes en un forajido en la literatura?

-No sé. Tal vez me ha pasado y he odiado ese libro y a ese autor. Pero no conozco otros mundos. Y si en alguno me vuelvo un forajido y no soy aceptado, siempre tendré más libros y más mundos donde me podrían aceptar y escapar.

-Pero nunca estarías solo. Siempre te estaría juzgando la literatura. Los personajes.

-Es el único mundo que conozco.

-Es porque nunca has bailado. Tal vez si bailaras pudieras ver el mundo como yo lo veo y nadie te podría juzgar.

-Lo dudo.

-¿Por qué?

-Porque bailar es tu mundo, no el mío.

-Mira tu alrededor. Y dime si en este manicomio puede existir “tu mundo” y “mi mundo”.

-Tu mundo es bailar. Yo no pertenezco a ese mundo.

Todavía no anochecía y el tocadiscos seguía sonando. Laura volteó su cabeza a la izquierda como si quisiera ver más allá de la ventana. En la sombra de su perfil me pude dar cuenta que llevaba el pelo recogido y algunos mechones rebeldes dejaban su sombra marcada. Se volvió a acomodar sus lentes y pude ver que se estaba mordiendo el labio. Entonces empezó a bailar, al principio tratando de hacerlo al ritmo de la sinfonía, después esto ya no le importó y simplemente bailaba por bailar. Se movía de aquí a allá, escurriéndose por los pocas zonas transitables del departamento. Era ella. Era feliz. Bailaba como si el mundo fuera suyo. Empezó a brincar por las torres de libros y de discos, subía a las sillas, brincaba a las mesas, regresaba a un sillón, tiraba sus discos, trepaba por mis libros. El mundo era suyo. Continuó bailando hasta que quedo enfrente de mí. El departamento estaba casi a oscuras. Se acercó bailando y se sentó, con mis piernas entre las suyas, viéndome de frente. Me besó.

-Tú eres el único fantasma que ha entrado a mi mundo y no ha salido corriendo- susurró a mi oído antes de volverme a besar.

A. J. T. Fraginals

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