Viaje

Terminé de leer un viejo cuento que escribió Julio en 1974. ¿O lo escribió en 1973? No lo sé. Tal vez lo haya empezado a escribir en 1972 y lo haya terminado de escribir en 1973.  También es probable que lo haya escrito alguien más y él se lo haya adueñado. Repito: no lo sé. El punto es que, en el cuento, el protagonista (a quien sería correcto llamarle “Julio”, aunque seamos redundantes) suele subirse a los vagones del metro de París a hacer algo que él llama “el Juego”.

El Juego consistía en un combate a ciegas que se realizaba sumergido en los reflejos que ofrecía el vagón del metro. A Julio le gustaba deambular por los vagones, buscando alguna mujer que le gustara. Si la encontraba, entonces se paraba cerca de ella y buscaba la mirada de su reflejo en la ventana del vagón. Si la mirada del reflejo se cruzaba con la mirada de Julio, entonces éste sonreía, y empezaba el Juego. Tras esto, Julio obtenía el indiscutible derecho de perseguir a la otra participante esperando que su combinación de trasbordo de estaciones fuera la misma que la que él había premeditado antes de comenzar a jugar. Si ésta no coincidía, no había nada que pudiera hacerse: se perdían el uno al otro para siempre. Si la combinación, en cambio, era la misma, entonces Julio se veía obligado a dirigirle la primera palabra.

Eso sería un respetable resumen del Juego que Julio propone en “Manuscrito Hallado En Un Bolsillo”, cuyo resto del relato no revelaré por respeto al lector de éste texto. Sin embargo, déjeme hacerle una muy seria advertencia: uno no puede leer el anteriormente mencionado cuento de Julio sin sentir unas alucinantes ganas de levantarse del sofá, darle un último sorbo a la taza de té, e ir al metro.

Y así fue esa tarde de noviembre. Cerré mi Octaedro y me propuse salir a dar un paseo en metro, sin ninguna otra razón que poner en práctica la recién conocida diversión. No estaba del todo seguro, ya que me parecía algo injusto utilizar el metro para un fin que no fuera aquél para el que fue construido. ¿Qué sentiría el metro si se enterara de que yo no lo iba a usar para transportarme? ¿Se avergonzaría frente a los otros metros del mundo?

En fin, pensé que todo mundo debe ser egoísta de vez en cuando y abordé el metro en la estación de Miguel Ángel de Quevedo. Esto fue por la simple razón de que era la más cercana. Así que pagué los muy merecidos cinco pesos que cuesta la nueva tarifa de abordaje, pasé los torniquetes y esperé en el andén que va con dirección a Indios Verdes. Esto lo supe, claramente, por el enorme letrero que colgaba sobre mí.

Hasta ahora todo parecía normal. Había una pareja besándose junto a mí. Al final del andén había un grupo de señoras esperando subir al vagón del primer tren que llegara, y a los lados estaban tirados un par de vagabundos que pedían dinero o cigarros, lo que cayera primero.

Llegó el tren. Subí y noté que se encontraba peculiarmente vacío. Mierda– pensé.

Me dije que sería un mal inicio, pero que esto no significaba que también hubiera un mal final. Di un recorrido del principio al final del vagón sin llevarme sorpresa alguna. En la siguiente estación me cambié al vagón posterior y el estatus era básicamente el mismo. Me resigné y me senté. Ya sentado, observé a la gente. Pensé en la señora con facciones indígenas que estaba sentada a unos metros de mí. Su cara reflejaba esa ardua lucha que la clase proletaria lleva cabo todos los días en ésta mierda de sociedad. Concluí que, en realidad, no me importaba, porque finalmente ella iba a morir, y al ente metafísico del proletariado esa muerte le importaba un carajo. Luego pensé que tal vez a ella tampoco le importaba su muerte porque, a lo mejor, ni siquiera pensaba en ella. Sólo pensaba en que iba a ir a tener que ganar dinero para mantener a sus hijos. El problema es que esto también era banal porque sus hijos finalmente se morirían también. Por esto no vale la pena existir, diría yo.

Me perdí en estos pensamientos y, sin darme cuenta, llegué hasta Indios Verdes. Es decir, llegué hasta la última estación de la línea. Simplemente trasbordé y ahora me encontraba en dirección a Universidad.

El vagón en el que me subí estuvo vacío hasta que llegamos a Balderas. En ésta estación se llenó, a tal grado que tuve que levantarme para ofrecerle el lugar a una niña de 16 años que traía a su bebe en brazos. La muchedumbre me desplazó hasta el final del vagón, donde el olor que desprendía la gente era insoportable. Intenté aguantar la respiración hasta la estación de Centro Médico, y lo logré.

Llegando a Centro Médico el vagón quedó medio lleno, pero se llevó a cabo un cambio sorprendente. Por la puerta del vagón entro una mujer que medía 1.65, con el pelo de color castaño claro, lacio y hasta la cintura, con unas facciones que reflejaban una ascendencia de Europa del Este, una sonrisa casi inigualable y una mirada tan ingenua como atractiva. Tal vez la llamaría Paula.

Y entonces comenzó el Juego. Paula había entrado por la puerta del otro lado del vagón, es decir, se encontraba parada exactamente en el punto opuesto al que yo me encontraba. Decidí que en la siguiente estación debía bajarme del vagón y entrar por la misma puerta por la que ella lo había hecho, para así participar de una mejor manera en la dinámica. Mantuve una actitud discreta, para que ella no me reconociera cuando entrara. Esperé, el tren se paró y ejecuté mi plan sin mayor dificultad.

Ella estaba de espaldas a la entrada. Llevaba unas mallas negras, una falda azul y una camisa de esas que son medio-transparentes. Cuando me acerqué para comenzar a buscar su mirada en el reflejo de la ventana que estaba frente a ella, Paula volteó. Me miró fijamente, y sonrió. Podría jurar que nuestras miradas se mantuvieron cruzadas durante la eternidad, pero probablemente no fue así. En algún momento regresó a mirar a la ventana. Y yo me quedé ahí parado como un estúpido; como el tarado que lleva un ramo de flores a su enamorada y ésta lo deja plantado bajo la lluvia.

Intenté volver al Juego, pero no pude. La mirada de Paula me había transportado a algún lugar muy lejano al vagón del metro. Me encontraba en un lugar donde la existencia no era efímera y el tiempo no representaba una cadena. Parecía como si todo el cosmos se hubiera concentrado en la mujer que tenía delante de mí. Como si todas las posibilidades se hubieran reducido a besarla y fundirme con ella en la infinidad de su belleza.

Oh, Paula, tal vez nunca deberías de haberme volteado a ver. Tal vez todo hubiera sido más sencillo si tú hubieras ignorado mi presencia. Tal vez no deberías de dejar que tu aura ocupe todo el lugar, ni que la belleza que irradias se escurra de tu piel cada vez que respiras. Tal vez todo hubiera sido más sencillo si no me hubieras visto. Tal vez, sólo si tú no fueras tan hermosa y yo tan idiota.

Y seguía derramado sobre las admiraciones que pensaba sobre tu manera tan sublime y perfecta de existir, cuando se desocupó uno de los asientos del vagón y tú fuiste a sentarte. Y volviste a voltear a verme, sabiendo que dentro de mi mente todo se estaba yendo al carajo. Sabías que una persona como yo siempre busca a una persona como tú. Y te divertía la dialéctica que nuestro encuentro proponía: una interacción de cazadora y refugiado, o tal vez de repelente y repelido, yo qué sé.

Sonreías como esperando a que yo me acercara a hablarte, pero nunca entendiste que el Juego no funcionaba de esa manera. Que yo no funciono de esa manera. Que la vida no debería de funcionar de esa manera, coño. Y tal vez te decepcionaste de mí, pero es que yo te amaba y no podía simplemente ir y decírtelo. Ir y decirte algo como “mira, Paula (y espero que no te moleste que te llame así), me llamo Rodrigo y desde que me sonreíste no dejo de pensar en que te amo”. La gente no suele hacer esto. Yo no vine para éstas cosas, carajo.

Me miraste una última vez, todavía con esperanzas de que yo rompiera todas las reglas implícitas de éste amor que era axiomáticamente imposible. Y en la siguiente estación (División del Norte, creo) empezó a entrar más gente. Y me seguías viendo. Y yo seguía pensando en lo absurdo que era todo y en las ganas que tenía de morir en ese momento. De salir y aventarme a las vías. De terminar con el jodido sinsentido.

La gente llenó el lugar. Ya no podía verte. Sólo alcanzaba a vislumbrar algunos mechones flotantes de pelo que imaginé eran tuyos. Podía sentir que tu belleza continuaba inundando el lugar, pero yo ya no era un espectador de ella.

Después de unos minutos, el tren finalmente llegó a la estación de Miguel Ángel de Quevedo. Tomé la decisión de que lo más prudente era bajar y dirigirme a casa. Así que ya no pude llevar a cabo el Juego como me lo había propuesto, Paula, pero al menos te vi, y te amé, y ya no te volveré a ver.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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2 Responses to Viaje

  1. vanvillegas says:

    Amores de metro, de micros, de calles, de parques… En fin. Amores.
    Me encanta y espero alguna vez leerte a una hora decente :) Saludos

  2. No importa la hora, qué bueno que leas =) Muchas gracias

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