Dos

Cuando uno se sienta a escribir, lo primero que hace es decidir. Usualmente se cuenta con dos alternativas. Por un lado, puede sentarse a escribir algo que ya había estructurado dentro de su cabeza, es decir, un cuento con un principio X y un final Y. Las posibilidades, en éste caso, son reducidas, ya que el autor suele ser necio y se niega a que la propia vida del cuento impida que las cosas salgan como fueron planeadas. El hecho de que el cuento le gane al autor o no, es cosa que no interesa por el momento. La otra alternativa, decía, es que el autor se siente frente a la hoja en blanco con la mente en el mismo estado. Así, el autor le da vida al cuento desde que escribe la primera letra. Las palabras comienzan a fluir dotando al texto de una dinámica que sólo pocas veces da resultados buenos. En éste caso, las posibilidades son infinitas. Se dice que, si escribiéramos eternamente, es decir, sin el tiempo para limitarnos, y sin parar, todas las posibilidades serían realizadas. Esto es curioso, ya que, si yo lo hiciera, sólo sería cuestión de tiempo para que yo vuelva a escribir el Quijote sin haberlo plagiado, sino sólo siguiendo la lógica misma a la que me someten tanto la vida propia del cuento como la disponibilidad de la eternidad. No sé si me explico.

Tal vez no. No importa. El caso es que, como ya se habrá dado cuenta el lector, éste texto tiene vida propia. ¿Será, acaso, que yo soy un simple motor de lo que éstas palabras intentan expresar? ¿Cuál es el papel que cumple el escritor en un caso como éste? ¿Seré un simple sirviente de las palabras que aparecen poco a poco en ésta hoja?

Todas éstas palabras son escritas con la tinta de una pluma azul que es sostenida por mi mano. Siempre he sostenido las plumas de manera curiosa, pero esto no es relevante. En la pluma se pueden leer unas letras que componen las palabras “La Selva”. Éste es el nombre del café en el que me encuentro. La pluma me la dio una mesera medio fea a la que seguramente le gusté. Puedo asegurar esto por la mueca que hizo cuando sus dedos rozaron a los míos en el momento en el que me daba la pluma que muy amablemente le había pedido. En fin.

Llevo horas aquí sentado y ya llevo tantas tazas de té que ni me acuerdo de qué estaba tomando. ¿Verde? ¿Negro? ¿Será whiskey lo que tomaba? ¿O era café?

Estoy aquí perdiendo el tiempo porque espero a que pueda escribir algo decente. Las sequías creativas son horribles. El problema no es no poder escribir, sino escribir pura mierda. En los últimos meses he intentado escribir cuentos, prosa, poemas, sonetos, madrigales, textos dadaístas, y todo ha sido un terrible intento de parecer un escritorcillo medio decente. Odio que me pase esto, carajo.

Enciendo un cigarro y miro el lugar. Creo que es la primera vez que lo hago desde que estoy aquí sentado. Mi mesa se encuentra en la terraza, en medio de otras dos. En total hay dos hileras de tres mesas cada una. Las mesas que están junto a la mía se encuentran vacías, y de las otras tres sólo la del fondo se encuentra ocupada por un viejo que toma tequila de un caballito y trae puestos los audífonos. Si está escuchando música o sólo pretende hacerlo, tal vez no lo sabré.

Escribo tres pinches versos en una servilleta, la hago bolita y la aviento. El viejo del fondo suelta risas burlonas de vez en cuando, pero no me importa. Seguro a él también le había pasado alguna vez. Y si no mientras escribía, tal vez se había frustrado por problemas con mujeres.

Mientras escribía la palabra “mujeres” entraron dos de estos seres a la terraza. Encendieron un cigarro, por lo que imaginé que su mesa estaba adentro y sólo habían salido a fumar. A través de esa jodida regulación en contra del tabaco ya no somos libres ni para fumar donde queramos. Pero, ¿qué se le va a hacer?

Al parecer una de ellas me reconoció de algún lado, por lo que le pareció bien acercarse a mi mesa y pararse delante de mí. Era linda. Tenía el pelo pintado de un falso color rojo, ojos cafés y piel muy blanca. Su nombre, si recuerdo bien, era Karina. Me dijo que en realidad no me conocía en persona, pero que había leído unos poemas míos de esos que hay publicados por ahí y que me admiraba y todas esas pavadas que las personas dicen para quedar bien. Obviamente me halagó que una mujer tan linda me leyera, aunque seguro no entendería mucho de lo que hay en el fondo. Igual, la invité a sentarse y le dije que trajera a su amiga, quien muy fácilmente aceptó la invitación.

La otra mujer se llamaba Andrea. Ella tenía el pelo castaño, ojos azules y pecas que manchaban el manto que cubría su cuerpo. Ella también me había leído un poco, más que nada porque Karina alguna vez la había obligado. Me dijo que le gustaba lo que escribía, pero no era una de esas mujeres lectoras.

Comenzamos a pedir alcohol para amenizar nuestra plática. Cada cigarro que se consumía era una nueva sorpresa para mí. Karina era una chica muy inteligente. Era de esas que entienden que la vida y el tiempo son efímeros. Que la existencia es sólo una atadura óntica que nos impide realizar todas las posibilidades que nos ha permitido el universo. Que la única razón de que yo no sea Shakespeare es que no voy a vivir lo suficiente como para revivir esa situación que sólo se ha realizado una vez en la historia de la eternidad. Que cada cosa que vemos o hacemos, es una impresión de la categoría eterna a la que pertenece. Que el beso que nos dimos representa a todos los besos que se han dado.

No sé cómo acabé besando a Karina. Tampoco sé por qué la pierna de Andrea comenzó a ponerse entre las mías y sus dedos se entrecruzaron con los míos. No sé cuantos whiskeys nos tomamos y no recuerdo cómo fue que ellas se terminaron besando. Lo que sé es que mi sequía creativa se me había olvidado y me encontraba algo borracho y con dos mujeres que me preguntaban <<¿y ahora a dónde vamos?>>.

Como buen caballero, pagué la cuenta de los tres. Salimos del café, no sin antes despedirme del señor del fondo con un movimiento de mi mano derecha, tomando a Karina de la cintura y con Andrea tomándome del brazo. Así fue como, muy borrachos, comenzamos a caminar por las calles del Centro de Tlalpan. Dejamos que esos muros con siglos de antigüedad nos rodearan, y seguro no era el único que escuchaba lo que susurraban esas paredes y tejados. Era muy probable que no fuera la primera vez que dichos muros eran testigo de una situación como la que yo vivía. Es muy probable que cosas así pasen a diario. Sería una estupidez sentirse especial por una banalidad.

Fuimos a mi coche, nos subimos y manejé hasta el departamento donde vivían ambas, en Jardines de la Montaña. Andrea se sentó en el asiento del copiloto y durante el recorrido los dos fuimos cantando esas canciones de Phoenix que uno escucha de vez en cuando. Cuando llegamos, notamos que Karina se había quedado dormida por lo ebria que estaba. Tuve que subirla cargando a su departamento, el número 4, y la acosté en su cuarto. Obviamente no se levantó hasta el día siguiente.

Andrea me tomó de la mano y me llevó hasta su cuarto. Las paredes de éste estaban cubiertas por fotos de viajes en Grecia, Turquía y demás lugares a los que la gente suele ir. Me dijo que la esperara y se puso pijama. Cuando volvió, me llevó hasta su cama, me dijo que me acostara, ella también lo hizo, y acercó sus labios a los míos.

Mientras la besaba, pude sentir cómo toda la realidad se comprimía. El contacto de nuestros labios hizo que el universo dejara de existir; que todas las posibilidades se redujeran a ésta: a ser juntos.

Sin dejarme de besar, se colocó sobre mí. Comenzamos a acariciarnos. Puse mi mano derecha en el costado de su cara, haciendo que el beso se sintiera aún más cercano. Con mi mano izquierda comencé a jugar con su pecho derecho, y noté que no traía brasier. Seguimos así un rato, y cuando quise dar el siguiente paso, se quitó.

– Estoy en mis días- me dijo.

Hija de puta– pensé.

Pero en el momento, me di cuenta de que no importaba. En realidad, la negación a consumar el acto era muy efímera. El acto en sí carecía de relevancia. Andrea era una mujer hermosa, pero que la posibilidad no se hubiera realizado no me molestaba. Haber cogido o no con ella era algo banal y estúpido. Daba igual. De cualquier manera, haga lo que haga, intente realizar las posibilidades que intente realizar, en algún momento voy a dejar de existir. El futuro y el tiempo existen para que las cosas que no han pasado, pasen, y que las que ya pasaron, vuelvan a pasar. Pero el número de años para que nazca otra vez tal vez sea infinito. Es muy probable que el tiempo que yo tenga que esperar para volver a conocer a Andrea y que la situación se repita trascienda totalmente mi existencia. Las posibilidades existen, y el hecho de que la existencia sea demasiado corta como para realizarlas todas es una muy mala broma de la creación. Estamos destinados a nacer para pensar en todas las posibilidades que existen y realizar sólo un número muy reducido de ellas. La vida es una mierda. El bajísimo índice de realización de posibilidades nos jode, coño.

En fin, nada de esto importa. Al final, siempre nos acabamos hundiendo en la nada. Y eso es todo.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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