Pamela

-Hace mucho que no nos vemos.

-Lo sé, te quiero ver.

-Siempre estás muy ocupada. Nunca puedes.

-Lo siento. Vamos a vernos.

-¿Cuándo?

-Ahorita.

-¿Ahorita?

-Sí, ahorita. Te veo en el seven de la rotonda.

Ella colgó sin esperar mi respuesta. Claro, era estúpido esperarla. Sabía que me moría por ella y que iría adonde me dijera. Agarré mi sudadera y salí a la avenida del Estado y caminé hacia Eugenio Garza Sada. Debería haber sido alrededor de las cinco de la tarde. Lo más probable era que ella acabara de salir de clases. Mientras me acercaba a la rotonda pensé si ella iba a estar sola o si iba a estar con aquel muchacho que la ha estado siguiendo últimamente como si fuera su sombra. Yo rara vez la podía ver, mientras que él compartía todas las clases con ella y quién sabe qué más. Crucé la avenida y llegué a nuestro punto de encuentro.

No la veía. Temí que no fuera a llegar y que tendría que soportar otro estúpido día más sin verla. La vi. Estaba parada enfrente del seven, donde habíamos acordado. Me vio, una sonrisa recorrió su rostro mientras sus ojos se fijaban en mí y corría a mi encuentro. Su pequeña figura se acercaba cada vez con mayor rapidez, como si ella tampoco pudiera soportar otro estúpido momento si verme, sin tenerme entre sus brazos. Me abrazó. Me abrazó con la fuerza que se abraza a un amor que se está por perder. Yo la abracé. La abracé como se abraza a la princesa que se ha escapado del reino de los ogros.

-¿Cómo estás, pequeño?- me susurró al oído.

Siempre que su voz, que resaltaba con su acento sureño en esta ciudad, encontraba su camino a mí y sobre todo si era de esta manera tan cálida y dulce, siempre que susurraba era capaz de desarmar hasta al macho más charro que se encontrara en esta ciudad, yo perdía todo control de mí. Me derrumbé entre sus brazos mientras ella me abrazaba y mientras yo deseaba que ese momento, que ese amor que ella desbordaba por cada poro de su piel nunca se acabara. Estaba equivocado. Yo no era ningún oráculo  que viera el futuro y la vida no es un campo de amapolas. Todo en esta vida tiene un final, la mayoría de las veces es estúpido e inexplicable. Pero así es la vida: un montón de posibilidades de las cuales siempre sobrevive una. Es como si Dios sí estuviera jugando a los dados y nosotros fuéramos las fichas que está a punto de perder.

-Bien, ¿y tú?- le respondí encontrando fuerzas para recobrar mi compostura de no sé dónde.

-Extrañándote, pequeño. Pero por fin soy tuya. Toda tuya. ¿Qué quieres hacer?

Por fin soltó mi cuerpo y me miraba fijamente esperando mi respuesta. Yo no sabía qué decirle. Quería hacer todo con ella. Pero eso era imposible.

-Vamos a caminar- le dije.

-¿A dónde?

-No sé. Caminemos y veamos a dónde llegamos los dos juntos.

Me agarró de la mano y empezamos a caminar. Cruzamos la avenida del Estado y emprendimos nuestra pequeña aventura. Su mano estaba caliente, como si su cuerpo no fuera capaz de controlar todas las emociones que se estaban desarrollando dentro de ella. Emociones que no se reflejaban en esos ojos verdes tan puros e inocentes y en esa sonrisa que quedaba fuera del cuadro siendo tan pícara y coqueta. Su mano estaba caliente y estaba empezando a sudar entre la mía. La agarré más fuerte, como si le estuviera diciendo que el mundo no se iba a acabar, que no se preocupara, que estuviera tranquila, que aquí estaba yo y que nunca me iría de su lado. En ese momento ella relajó un poco la mano y pareció que su temperatura también regresaba a la normalidad. Pero yo estaba equivocado: el mundo sí se iba a acabar. Ella tenía razón. Todas estas emociones que ocultábamos pero que nuestras manos nos traicionaban sudado de más iban a ocasionar que todo se destruyera y que nunca más pudiera respirar el mundo a través de sus poros.

Seguimos caminando sin decir nada, rehuyendo nuestras miradas. Pero nuestras manos, que eran las únicas que en verdad escuchaban a nuestras almas y hacían lo que tanto nos moríamos por hacer, siguieron todo nuestro trayecto aferradas la una a la otra. Como si temieran que por culpa de alguna lágrima todo se fuera a desvanecer y no fueran más que dos huellas en la palma del otro. Dos huellas que lentamente se deshacían como lo hacen los castillos de arena.

Estábamos enfrente de Morones Prieto, ya no podíamos seguir caminando en silencio, había que tomar una decisión: a dónde debíamos ir, seguir adelante, regresar o partir nuestros caminos. Si queríamos seguir hacía adelante nos enfrentábamos ante una avenida, un río que a lo largo de los años ha quedado casi seco y del otro lado otra avenida. El único problema era que no existía ningún paso peatonal para poder cruzar. Si queríamos avanzar teníamos que arriesgar, sabiendo que si llegábamos al otro lado podíamos perderlo todo.

-Ahora a dónde vamos.- preguntó ella.

-Podemos seguir hacia adelante.

-¿Cruzar el río?

-Si lo cruzamos podemos ir al barrio antiguo.

-Es muy temprano. No hay nada ahí.

-Si cruzamos estaríamos tú y yo. No necesitamos más.

Soltó mi mano. Se paró frente a mí. Sus ojos se fijaron en los míos. Los míos en sus labios. Deseaba con todo mi ser poder probar la dulzura de sus labios. – Está bien.- me dijo- Enséñame cómo cruzar y vamos. La agarré de la cintura y la llevé a mi lado, pegando su cuerpo lo más posible al mío, como si fuéramos sólo uno, por todos los cruces, pequeños intentos de banqueta donde a penas y cabía una persona, esquivando autos, corriendo por las avenidas, pasando por un hueco en un muro de contención, esquivando vidas que atentaban contra las nuestras. Por fin llegamos al otro lado. Todo parecía perfecto. Nada nos detuvo y parecía que nada lo haría. Nos adentramos a las entrañas de esta ciudad.

Estábamos más tranquilos cuando recorrimos esas calles con cientos de años de historia, donde el mundo de los fantasmas y del pasado chocaba y convivía con el mundo actual, donde viejas casa que habían sido refugio de la intimidad se volvieron lugares públicos donde la intimidad parecía haber huido en busca de un mejor refugio. Donde nada se podía esconder y todo salía a recorrer las calles con aquellos fantasmas de antaño que lloraban por su profanada intimidad y atentaban con profanar la nuestra.

Nuestras manos ya no se aferraban la una a la otra. Yo no me di cuenta. A ella parecía no importarle. Mi mano se colocó en su cintura tratando de llevarla hacía el mismo paso al que yo iba. Eso por más simple que se escuche era un trabajo complicado. Parecía que ella estaba en otro lugar, en otro mundo. Que todo estaba luchando para salir a caminar con los fantasmas. Ella se movía a un paso desigual, como si se alejase de mí y al mismo tiempo tratase de alcanzarme. Sus cambios de paso eran tan raros y repentinos que era difícil lograr que mi mano se quedara en su cintura. Algunas veces terminaba en su espalda rozando un pequeño monte que hacía su brassier, quedando indefensa ante un movimiento de mi muñeca. Otras veces mi mano terminaba en sus nalgas tratando de encontrar su lugar mientras ella se movía por todos lados haciendo que mi mano se posara en cualquier parte de su cuerpo. Ella seguía en su mundo y no se daba cuenta de los recorridos forzados que me obligaba hacer. No se molestaba o no le importaba donde posaba mi mano.

Tarde o temprano todo sale en este barrio. Ya he dicho que éste es el barrio de los fantasmas, pero los fantasmas odian la soledad, siempre quieren tener tener más compañía. Todo nos había abandonado y salido a recorrer las calles. Ella estaba sola. Ella estaba vacía. Yo estaba a su lado tratando de agarrar su cintura para que no se perdiera. Una lágrima bajó por su mejilla y se perdió en el asfalto que la noche estaba enfriando. Le siguió otra lágrima. Después otra. Otra más. Otra. La mujer que tanto amaba en secreto estaba a mi lado llorando a lágrima viva y yo no sabía qué hacer. La abracé esperando que al encontrarse entre mis brazos se pudiera confortar y detener su llanto. Esto no sucedió. Y mi corazón se quebraba con cada acallado sollozo suyo. Mi hombro se estaba poniendo cálido porque ella acababa de encontrar un pasaje secreto a los mares a través de sus verdes ojos. Yo no sabía qué hacer, el mar estaba llegando a mi hombro y a mi cuello. Su respiración entrecortada quebraba mi pecho. Su voz hundida entre sollozos quebraba mi alma. Nuestras manos ya no estaban juntas. Nuestros cuerpos estaban tan juntos como les gustaba estarlo. Nuestras almas se veían desnudas.

-¿Pamela, qué te pasa?¿Estás bien?

-S…S…Ss…Sí…Sss…Sí.

-No te escuchas bien. Siento que te estas quebrando y no lo puedo soportar. Jamás quisiera verte así y mucho menos aguantaría que fuera entre mis brazos.

No dijo nada. Simplemente se separó de mí. Me miró durante dos segundos a los ojos y después empezó a mirar por las calles. Seguramente estaba buscando a sus demonios que habían salido. O tal vez a sus secretos y ella temía que la vieran a la cara, que le dijeran: “te lo dijimos, todo se iba a acabar. No hubieras ido a la rotonda”. Esos secretos que más que ocultarlos tratamos de negarlos. Esos secretos que saben más sobre nosotros que nosotros mismos. Esos secretos que con el simple hecho de mirarnos a los ojos pueden destruir cualquier intento de fantasía que hubiéramos estado intentado construir. Ella estaba mirando la calle, esperando algo mientras las lágrimas recorrían su rostro. Ella estaba esperando algún mensaje de sus secretos recién liberados. Yo estaba esperando alguna respuesta suya. No recibí ninguna. Entonces le propuse pedir un taxi y regresar a residencias. No me contestó. Su silencio y sus ojos cristalinos eran la respuesta afirmativa que necesitaba. Paré al primer taxi que encontré. Le di las dirección del lugar a donde nos dirigíamos. Al lugar donde por última vez su corazón me perteneció. Al lugar donde dejaría de ser mía para perderse en los brazos de aquel hombre incapaz de saber qué quería decir ella con sus besos. Con sus labios que tanto me tentaron pero que sus demonios jamás me dejaron probar.

Nos dirigíamos al final de nuestra historia, ninguno de los dos lo sabíamos y mucho menos el despistado taxista que nos llevaba hacía él. Tal vez sea un efecto o un defecto de la memoria pero juro que en ese momento ella se encontraba más hermosa que nunca, jamás había estado tan bella en el pequeño tiempo que tenía de vida nuestra corta historia. Había dejado de llorar a lágrima viva. De vez en cuando una pequeña lágrima recorría alguna de sus mejillas. Yo ya no tenía control de mí y no podía evitar que mis labios buscaran borrar esas lágrimas bebiéndolas. Tampoco podía evitar que mis labios intentaran sacarle una sonrisa acariciándola. Una sonrisa se dibujó llena de vida y de amor. Un amor que ya no era para mí pero que yo no lo sabía. Mis labios siguieron besándola para que su sonrisa se hiciera más grande. Mientras mis labios exploraban sus mejillas encontraron por accidente las comisuras de sus labios. Un dulce sabor inundó mi ser, eso es lo que había estado buscando toda mi vida. Me encontraba a milímetros de besar sus labios. Sus comisuras habían sido solamente el entremés pero eran dignas de llamarlas ambrosía. El banquete se encontraba a centímetros de sus aletargados ojos verdes. Por más que quería besarlos sus demonios me lo impedían. Yo no podía arrebatarles esa dulzura. Ella, o mejor dicho sus demonios, tenían que moverse para que nuestras bocas se convirtieran en el rompecabezas perfecto. Ella tenía los ojos cerrados o si los tenía abiertos estaban enfocados en las luces de la ciudad que se quedaban atrás. Yo había sido delegado a un segundo plano. Simplemente era aquellos labios que la habían hecho sonreír y que apenas y tenían derecho a probar gotas del paraíso. Esos labios que le encantaban perderse en las comisuras de sus labios rosas.

Ella estuvo peleando con sus secretos durante todo el viaje, nunca se dio cuenta sobre los besos que adoraban su piel, que le iban a hacer un altar a las comisuras de sus labios y que se morían por rozar su boca. El viaje continúo. Mis labios se peleaban con sus demonios por probar, aunque fuera una vez, el paraíso. Ella no se daba cuenta de la lucha que se desarrollaba en su boca. Ella estaba en otro mundo. Ella estaba con él.

El taxi continúo su camino hacía el lugar donde todo iba a terminar. Ella siguió luchando con sus secretos y yo con sus demonios mientras sus labios secos ansiaban mi beso, aunque fuera más un beso de despedida que un beso conquistador del paraíso.

A. J. T. Fraginals

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