Matar o morir

Siempre hemos vivido con la estúpida esperanza que algún día todo se va a arreglar. Como si por arte de magia todo se fuera a resolver con el vaivén de una varita. Siempre pensamos en el futuro como unos jodidos optimistas. Mañana va a ser otro día. Mañana va a estar mejor. Va a cambiar por mí, vas a ver. El próximo año es diferente. Es como si nos jugáramos todo al futuro. A veces ni siquiera a nuestro futuro, sino al futuro. Como si alguien más fuera a convertirse en superman o en supergirl y nos fuera a resolver todos nuestros problemas sin pedir nada a cambio. Como si apostáramos que esperando todo se va a resolver. Como si fuéramos tan estúpidos como los economistas y pensáramos que dejando todo constante, sin intervenir, todo por sí mismo va a llegar a un equilibrio y todo se va a resolver. Porque todo es perfecto menos nosotros. Pero en realidad nada es perfecto, mucho menos nosotros.

-Por ejemplo el amor, dijo él en voz baja cuando ella entró en la habitación.

-¿El amor qué?

-Por ejemplo el amor.

-Ejemplo de qué.

-De lo estúpidos que somos pensando que en el futuro todo se va a arreglar y va a ser mejor.

-¿Acaso tu pinche vida de mierda no mejoro cuando me conociste?

-¿Y eso que tiene que ver con el amor?

-Me amas mucho más de lo que amabas a esas zorritas de las que te rescate.

-¿Cómo podría amarte a ti que me tratas así?

-Tú me lo dijiste, el amor es estar jodido.

-O el amor es de jodidos.

-Es lo mismo.

-El punto es que creemos, estúpidamente, que el amor nos va a hacer felices y que va a venir a resolver todos nuestros problemas como si tuviera una varita mágica.

-¿Por qué vamos a ser tan estúpidos como para aceptar eso?

-Porque estamos chingados. O te chingas o te jodes. O te chingas o te enamoras. O estas solo o te jodes. O estas solo o te enamoras.

Ella se acercó a él y lo besó en la mejilla mientras le susurraba en el oído- Creo que es mejor que estés jodido por mí que chingado.

El problema con el amor es ése, apostamos a él todo lo que tenemos, como si fuera el diecisiete negro de la ruleta y la bolita blanca fuera nuestra amiga y no nuestro pinche verdugo. Todo lo que tenemos lo colocamos en esa casilla y nos olvidamos de los otros treinta y seis números. En el amor apostamos a todo o nada. Lo apostamos todo a matar o a morir. En el amor nadie sale ileso. Cuando se ama realmente y se apuesta todo uno no sale vivo. Uno muere amando. No es la clásica tragedia donde los dos mueren porque eso estúpido. Si ambos mueren, el amor deja de existir y sus muertes son tan estúpidas como su amor. Y nadie quiere ser un estúpido. Cuando se ama realmente uno necesita morir y el otro cargar eternamente con el amor y el alma de su amado. Pero estos tipos de amores son muy raros, casi un mito. Muy pocos aman a tal grado que llegan a apostarlo todo hasta el punto de perder en la ruleta la vida mientras los labios del otro le roban el alma. Normalmente se ama a medias. Ambos salen vivos, heridos pero vivos. Es un placer ver a alguien morir o matar por amor.

-¿Por qué me tratas así?

-Te trato así, te digo groserías y te recuerdo a las zorritas con las que andabas  porque te quiero.

-Entonces no me quieras, mejor ámame.

Ella se dio la vuelta y se fue caminando con paso lento hacia la cama. Se sentó mientras cubría con sus manos su rostro, como si estuviera llorando o como si no fuera capaz de soportar lo que estaba sucediendo. Pero nada estaba pasando en ese momento o al menos eso parecía. Ella levantó su rostro y lo miró con unos ojos brillosos como si estuviera a punto de llorar. Lo miró fijamente durante varios segundos que a ambos les parecieron que duraron mucho más. Ella movió su mano hasta el tercer cajón de la mesa de noche sin apartar su mirada. Cuando lo abrió miró dentro. Con sus dos manos sacó un revolver y seis balas. Abrió el tambor e insertó las seis balas. Todo esto lo hizo mientras le daba la espalda y cada paso lo llevó a cabo con la misma delicadeza como si se tratara de una cirugía a corazón abierto. Cuando acabó se dio la vuelta y se acercó lentamente a él. Arrastraba sus pies en la alfombra del cuarto y con su mano izquierda jugaba con el tambor del revolver recién cargado.

Se paró enfrente de él. Con su mano derecha le agarró la nuca y lo empezó a besar. Mientras que el cañón encontraba su camino por la camisa de él hasta llegar a tres dedos por encima de su pezón. Donde tendría que estar su frío corazón si no fuera porque ya se lo había dado a ella. El cañón encontró el lugar perfecto para acomodarse. Ella seguía besándolo. Él no sentía más que el frío recorrer su pecho y los cálidos labios de ella robándole el alma.

-Pequeño, eres un gran estúpido, no tienes ni la menor pinche idea de lo mucho que te amo.

A. J. T. Fraginals

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