Sin Firma

Autor Invitado: Abraham Vodnik

Sin Firma

– ¿Quieres la buena o la mala primero?

– Mmm… ¿qué tan mala es? -respondió Javier.

– No te va a gustar. Aunque la buena tampoco es tan buena -dijo Miriam, mientras arreglaba su falda con gesto ensombrecido.

Javier dudó un momento- Pues la buena, no me gusta empezar con el pie izquierdo.

– La buena es que Roberto ya falleció -se recogió el cabello de la frente y se inclinó hacia la mesa de centro-, sucedió anoche, no se fue tan tranquilo como hubiéramos querido.

– ¿Esa es la buena? -respondió Javier confundido desde su silla- Eres una arpía -terminó.

Miriam hizo caso omiso a sus palabras mientras pensaba que no importa cuántas flores

pongas en la ventana, siempre serán malas noticias.

– Y… ¿la mala?- preguntó Javier no queriendo saber…

Ella suspiró y dijo- …que no firmó el testamento -y el silencio cegó la habitación. Miriam se levantó de la silla y caminó hacia el fondo.

Javier volteó por accidente la taza de café y todo su contenido llenó de negro la habitación, el sonido se volvió un vaho espeso, no podía ver sus palabras, sus ideas perdían forma y a lo lejos el rostro de Lucía se hundía entre el agua oscura. Todo era un inmenso vacío, todo era silencio. Su cuerpo comenzaba a perder forma disolviéndose en la penumbra. De golpe regresó a la habitación, estaba de pie frente a su silla volteada. Miriam intentaba limpiar el café de la mesa antes de que cayera sobre la alfombra y continuó:

– El documento está en mi poder, tiene todo lo que necesitas y un poco de más que te dejó Roberto para Lucía- dijo ella incorporándose y caminó hacia el escritorio, tomó un sobre, lo sujetó entre sus dedos y se volteó hacia Javier-. Nadie más sabe que no está firmado, lo tomé en cuanto lo vi anoche, y a nadie le extrañará que esté en mi poder ya que soy, o fui, su consultora.

Sin voltear a verla Javier contestó impaciente- ¿No puedes firmarlo tú?

– No realmente, verás, Roberto siempre imprimía su huella al lado de su firma para evitar fraudes -dejó el sobre en su sitio y caminó de regreso a su silla frente a Javier-. Me di cuenta anoche mismo, pero el doctor y el sacerdote se quedaron toda la noche hasta que se lo llevaron a la funeraria.

– ¡Sólo fírmalo!- exclamó Javier dejando ver la desesperación que le ocasionaba la charla.

Ella negó con la cabeza desacomodando el fleco sobre su rostro- El juez lo pondrá con otros documentos y no lo aceptará si ve que le falta la huella.

Javier se quedó en silencio repitiendo en su mente cada una de las palabras que escuchaba de Miriam, ella continuó- mañana será su entierro, y dos días después vendrán sus hijos a reclamar el testamento- se calló por un momento-, a partir de ese día, y sin testamento, ellos reclamarán todo, sólo a eso vienen.

– ¿Por qué me dices esto?- Javier recobró la cabeza por un instante -¡¿No entiendes que está muerto?!- replicó en tono de clemencia.

– Sí -volteó hacia él-, y lo entiendo mejor que tú. Mañana es la única oportunidad que tienes para asegurarte un futuro con Lucía.

Javier parecía no entender, o no quería entender su situación.

– Además, está en el testamento, sólo vas por un detalle que Roberto olvidó -finalizó con sutileza Miriam.

– Entonces… -dudó un momento- ¿debo ir mañana al cementerio con el testamento y … -las palabras se le atoraron en la garganta…

– No -lo interrumpió Miriam-, ve por la noche cuando ya no haya nadie; y no, no puedes llevarte el testamento, Roberto era muy perfeccionista, tú lo sabes, y en el cementerio el papel se llenaría de lodo y la huella quedaría mal impresa -se detuvo un momento pensando en sus próximas palabras y recordó que no importaban ya las flores-. Deberás traerlo contigo -finalizó.

Javier se horrorizó ante estas palabras, le temblaban las manos, sus músculos dejaron de responderle, desde su silla contemplaba con terror el rostro de Miriam, quien le demostraba que no se trataba de una broma mal jugada.

– No es necesario que lo traigas todo, -agregó ella- de hecho, creo que no sería conveniente. Lo mejor sería que… con el dedo será suficiente.

                                                                  * * * * *

Verde, hasta donde alcanzaba la vista todo era verde. A excepción de pequeñas motas de color que jugaban a ser flores, todo era verde. El sol bajaba despacio y cada vez más despacio conforme Lucía se acomodaba entre sus brazos, volteaba a verlo a la cara mientras acariciaba su barba para después acomodar la cabeza sobre su pecho. Iba oscureciendo pero no hacía frío, sus cuerpos se mantenían herméticamente juntos y mientras él comenzaba a hacerle caricias por debajo de la falda, ella le acicalaba detrás de la cabeza suavemente. Sintió un fuerte golpe en la cabeza:

– Ya hemos cerrado.

Javier se incorporó sobre la barra, su cabello era un desastre pero no más que su cabeza- ¿qué hora es?

– Las cuatro de la mañana -respondió el cantinero- ¿Necesita un lugar donde quedarse?

– No. Ya me marcho. Gracias -se frotó la cara pesadamente mientras giraba su cuerpo por el banco e intentaba que sus piernas le respondieran.

El cantinero lo veía sin la menor intención de ayudarle, sólo volvió a comentar:

– Los cuartos no son caros.

– No. Voy. Debo.. ya, disculpe -se acomodó el cuello de la chamarra al llegar la apuerta.

– Olvida esto -dijo el cantinero mientras le extendía la pala que había dejado al lado de su sitio- se ve que es nueva, no querrá perderla.

– Mmm… No sabe cómo se lo agradezco -contestó Javier en tono pesado y sarcástico mientras salía hacía la calle.

Metió las manos en las bolsas de la chamarra para cubrirlas del frío y sintió el collar que le había entregado Miriam esa misma tarde:

– Yo no soy supersticiosa, pero sabes que Roberto sí lo era, y mucho -dijo Miriam mientras sacaba de un cajón del escritorio una pequeña caja negra. Le quitó el polvo de encima y la extendió hacia Javier-. Él me lo dió cuando empezamos a trabajar, dijo que me protegería de los peligros que no vemos. Naturalmente nunca lo usé, es muy feo.

Javier abrió la caja y encontró un collar, la cadena estaba algo oxidada, pero el pendiente se mantenía intacto: una piedra oscura y angular con extraña forma y que reflejaba distintos colores según sus caras. Javier volvió a cerrar la caja.

– Será mejor que lo uses -advirtió Miriam-. Roberto hablaba de la muerte de una manera muy extraña, de todos modos no te cuesta nada llevarlo encima.

Javier tomó de nuevo la caja y sacó el collar para ponerlo dentro de su chamarra- ¿Alguna otra instrucción? -contestó él, levantando de nuevo el rostro.

– No me mires así -replicó ella con pena en la mirada-, es por ti y por Lucy -terminó.

Javier seguía su camino por la calle. El dolor de estómago no desapareció desde que estaba en el despacho de Miriam.

Abrió la puerta de su apartamento y sin encender las luces entró directo hasta su cama.

                                                                    * * * * *

 Se terminó el vaso de whisky y volteó a la ventana mientras pensaba para sí mismo: “no hará frío hoy. Será mejor que me apresure, ya está oscuro”. Se levantó del sofá, no había dormido nada y esa noche tampoco le favorecía. Tomó sus llaves junto con la pala y pensó: “no olvides las pinzas, no querrás tener que serrucharle hasta el hueso”. Se las guardó en el bolsillo del pantalón y antes de cerrar la puerta rumbo al cementerio exclamó: ¡malditas sean las bodas!

 No fue difícil entrar, todo gracias a un velador que no vela y a las cerraduras viejas. Se deslizó entre la reja sin hacer ruido y se encaminó en busca de la tumba de Roberto. No tardó en encontrarla, en el centro de las criptas más ostentosas, llena de flores vivas y arreglos tan altos como él mismo. La lápida tenía una inscripción: “Aquí descansa R. Arreola, siempre vigilante de los infortunados”.

– Comencemos -dijo Javier en voz alta mientras clavaba la pala en la tierra-. Mientras más pronto, mejor.

Después de casi una hora, por fin sintió un golpe hueco- ¡es la caja! -exclamó. Javier dejó la pala y se agachó a sacudir la tierra hasta dejar el ataúd al descubierto. Colocó la punta de la pala por debajo de la tapa y se detuvo un instante, dudó y se repitió: -es por ella-. Con una patada bajo la pala impulsando de manera automática la tapa del ataúd por el aire, dejando el cuerpo tieso de Roberto expuesto bajo la escasa luz de la noche.

Javier sintió un arqueo e hizo un enorme esfuerzo por contener el vómito, respiró profundo y se acercó de nuevo a la tumba. No pudo mirar el cuerpo a los ojos, prefirió concentrarse de inmediato en ubicar las manos, la mano izquierda estaba rígida y extendida sobre el pecho, pero la mano derecha estaba al costado del cuerpo con el puño cerrado y el pulgar apuntando hacia abajo.

Con un poco de esfuerzo logró al fin levantarle el brazo y lo acomodó sobre sus rodillas mientras sacaba las pinzas de su pantalón. De pronto sintió que el brazo se contraía y levantó la mirada horrorizado, los ojos de Roberto estaban clavados sobre él con una mirada de decepción. No pudo más, cerró de inmediato las pinzas sobre la falange y un líquido negro se esparció por sus pantalones. Salió de un solo brinco de la fosa y comenzó a palear la tierra de regreso.

– ¡Qué imbécil, la tapa! -dijo al darse cuenta de que aventaba la tierra directamente sobre el cuerpo. Bajó de nuevo a la fosa para cerrar el ataúd y antes de concluir la tarea notó que la mirada de Roberto seguía clavada sobre él, pero esta vez era una mirada furiosa que lo llenaba de terror hasta el fondo de sus entrañas. Dejó caer la tapa de un solo golpe y regresó la tierra tan rápido como sus fatigados músculos le permitieron hacerlo.

                                                                * * * * *

Aún no amanecía, la noche parecía querer extenderse y Javier se encontraba sentado en una banca de la avenida bajo la tenue luz del alumbrado público. Lleno de tierra y sudor permanecía inmóvil con la mirada perdida en el vacío, respiraba pesadamente. Mantenía el dedo envuelto en una bolsa dentro de su pantalón, lo sentía frío y pesado como un lastre. Notó por vez primera la mancha sobre su pantalón, era negra y espesa, y parecía reflejar diferentes colores como…- ¡El amuleto! -exclamó en voz alta y recordó que lo dejó en casa dentro de la bolsa de su chamarra. Tomó aire y se levantó dispuesto a caminar de regreso a casa y acabar con esta noche de una vez por todas.

Empezó a cruzar la avenida y sintió un enorme peso en su bolsillo que le impedía mover la pierna, el peso del pulgar parecía incrementarse de manera sobrenatural, imposible de cargar. Javier, lleno de pánico, metió la mano a su bolsillo para sacarlo y arrojarlo tan lejos como pudiera pero levantó la mirada casi de inmediato al escuchar un rechinido. Las luces de un auto lo iluminaron por completo.

Epílogo.

Lucía estaba impaciente, el lugar era lúgubre y apestaba a formol, le revolvía el estómago, eso y los insoportables nervios que ya le causaban estragos. Movía las piernas inquieta incapaz de controlarse, mantenía los ojos cerrados y rogaba pidiendo lo mejor. Se abrió una puerta al fondo del pasillo y escuchó su nombre- Señorita Robles, pase -gritó un hombre con delantal amarillento. Lucía se levantó y con la cabeza agachada avanzó hasta donde el sujeto la esperaba para cerrar la puerta tras de ella. Tardó un poco en acostumbrarse a la baja luz de la habitación, un hombre vestido de bata con manchas amarillentas le pidió que se acercara. Sobre la mesa había un cuerpo cubierto por una manta blanca, antes de levantar la manta uno de los hombres exclamó: ¿Podría decirnos por favor si lo reconoce?

Lucía se desplomó sobre el piso, el llanto ocupó de inmediato su rostro y sentía toda la felicidad de su vida se colaba por entre sus pies haciéndose camino hasta el piso. Temblando y en voz baja pronunció: es él.

El hombre volvió a cubrir el cuerpo de Javier mientras el otro se acercó para ayudar a Lucía a incorporarse. Tardó unos minutos en recuperar el habla pero las lágrimas no dejaban de correr hacia el suelo. – ¿Cómo sucedió? -pudo decir ella al fin.

 El hombre se bajó el cubre bocas y respondió: un accidente de tránsito, al parecer el automovilista no lo vio.

Lucía continuaba llorando con la mirada fija en la mesa, no podía creerlo, el amor de su vida yacía inmóvil bajo la manta, sin más vida ni amor. En un vago intento por consolarla el hombre de bata dijo- fue casi instantáneo, puedo asegurarle que no sufrió -acercándose más a la mesa continuó-, sólo hay algo que nos desconcierta -dijo mientras descubría uno de los costados del cuerpo.

– ¿Qué cosa? -respondió Lucía levantando la mirada y apenas audible por el llanto constante.

– En una de sus manos… el pulgar derecho desapareció, y en su lugar encontramos esta pequeña piedra incrustada..

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