Sueños

“Los sueños no son otros mundos, son los reflejos de los mundos que viven dentro de nosotros”

Salvador Girondo.

Era el último día de la feria. Desde la mañana había quedado en verme con Julieta ahí, pero ella no había llegado. La gente ya se estaba yendo, la magia de la feria se estaba acabando. “O apenas está empezando” dijo una voz de entre la multitud. No pude encontrar quién había dicho eso y no volví a escuchar la voz. La gente ya se estaba yendo, el sol ya se estaba escondiendo, los puestos ya se estaban cerrando y Julieta todavía no aparecía.

Seguí caminando por la feria, adentrándome cada vez más en ella mientras la gente se alejaba cada vez más. Se hacía de noche, los negociosos cerraban, los juegos dejaban de funcionar, cada vez veía menos gente, las luces se apagaban, empezaba a hacer frío y junto con el frío una pequeña especie de niebla empezaba a llenar el lugar. Era normal, pensé, sin el calor de las luces, de las personas y de las máquinas funcionando el lugar debe de ser demasiado frío y se debe de llenar de niebla, una noche normal en el muelle.

Estaba solo, en medio de un laberinto de juegos de feria que parecían abandonados, no escuchaba ninguna voz, el ruido de las máquinas ya se había detenido. Debido a la niebla no podía ver más allá de algunos pasos de donde me encontraba parado. Todo estaba oscuro y sólo podía sentir el murmullo del viento entre las máquinas de metal detenidas.

Una voz me llamaba de lo que parecía ser la esquina de uno de los puestos de la feria. Me acerqué a ciegas hacia la voz, lentamente, esperando no chocar con nada. Di la vuelta en el lugar que parecía ser el indicado. Ahí estaba ella, en un vestido blanco de tirantes, con el pelo suelto cayéndole por los hombres y por la cara, de una forma tan natural, que parecía una hermosa bestia recién surgida del bosque, tan bella, tan pura, tan ella. Casi no podía verla, estaba perdida entre la niebla pero se empezó a acercar hacía mí, con un paso lento y constante. Se acercó, la tenía frente a frente. Agarró mi mano izquierda con su mano derecha y me llevó a caminar por la feria que parecía abandonada.

Nunca pronunció ninguna palabra, ni me miró. Siempre que trataba de verla dejaba que viera su cara, pero sus ojos siempre huían de los míos. Es como si ellos ocultaran una verdad que yo no debía saber. Después de varios intentos desistí y me sentencié a vivir en la mentira. ¡Pero, qué bella mentira! Vivir en esa mentira era llevadero si vivirla implicaba vivir a su lado, a su lado todo me sabía bien. Caminamos y caminamos entre laberintos de puestos y de juegos muertos. La feria ya no era una feria, era simplemente un laberinto donde me había perdido esa noche.

Habíamos caminado durante lo que me parecían ser horas, no habíamos encontrado ninguna salida, ninguna reja, ni nada que pareciera dar la señal de que la calle se encontraba cerca. Parecía como si el mundo se había reducido a esta feria de noche.

¡Bienvenidos a Fairtown! Población: dos personas.

Julieta y yo éramos los únicos habitantes de esto que parecía ser nuestro nuevo mundo. Los dos, vagando por pasillos que parecían no tener ningún sentido. Pasillos tan intrincados que no había escapatoria, sólo podíamos caminar hacia delante, de vez en cuando, cuando nos aburríamos lo suficiente, doblábamos a la izquierda o a la derecha. Esto no tenía ningún efecto importante, todo era simplemente caminar hacia delante, paso tras paso, codo a codo.

Mi mano nunca se separaba de la de ella. Su mano era tan fría, pero su cuerpo tan caliente, nunca demostró tener frío. Tenía un vestido que era la imagen perfecta de una tarde de verano o de primavera, parecía estar fuera de lugar en está fría noche, donde sus descalzos pies besaban la poca niebla que quedaba. Sólo una vez dejé de agarrar su mano y fue para quitarle de la cara el pelo que la cubría, lo coloqué atrás de su oreja derecha. Podía volverle a ver la cara, pero por alguna extraña razón sus ojos seguían siendo ajenos a mi mirada. Seguimos caminando.

Dejé que ella me guiara, la verdad no me importaba mucho a dónde fuéramos, siempre y cuando llegara caminando a su lado. Mientras ella caminaba y yo simplemente repetía sus pasos, decidí mirarla, robarle imágenes. No podía creer lo hermosa que estaba con la oscuridad de fondo y su natural belleza iluminando nuestro camino. La seguía mirando y no podía creer lo que veía. Su perfil tan serio, de ya no soy niña, no me vengas con tus inmadureces. Su perfil de niña grande que engañaba a todos, pero yo siempre supe que ella no era así, que en realidad seguía siendo tan niña como siempre lo había sido. Aunque lo negara, su boca nunca mentía. Su boca escondida detrás de todas las palabras de niña grande decía: no le creas, sigue siendo una niña. Su boca, aunque no lo crean, decía mucho más que sus palabras. Su boca que en ese momento estaba cerrada, no dejaba escapar ni el más mínimo aliento, era de color rosa, aunque esa noche estaba mucho más pálida de lo normal, su labio inferior era más grueso que el superior. Yo siempre creí que esa era la razón por la que sus labios no podían mentir, por ejemplo, siempre que sonreía, su labio superior se ocultaba, junto con ella, mentían los dos como si fueran uno solo, pero su labio inferior era diferente, a él no le gustaba mentir, nunca se escondía. Siempre sobresalía por debajo de su sonrisa, de una forma amenazante, como si al primer roce de otro labio, diría la verdad y arruinaría la historia de ser la niña grande y madura. Por eso es que me gustaban sus labios, sabía que ellos no me podían mentir. Pero esa noche sus labios parecían estar al borde la muerte, a tal grado que ni siquiera ellos mismos podrían saber si lo que estaban viendo era verdad o era mentira.

Llegamos a lo que parecía ser el centro del laberinto, era un patio grande donde no había ningún rastro de juegos, de puestos, de nada, era como si el lugar hubiera sido abandonado, como si nos encontráramos en medio de un desierto, excepto por una cosa: en el centro del patio había un pequeño lago con un puente que lo cruzaba. Julieta me llevó ahí, al centro de todo. En medio del puente se podía ver toda la feria, no tenía fin, se perdía en el horizonte. Cuando terminé de ver a mi alrededor y volví a fijar mi mirada en Julieta me di cuenta que los tirantes de su vestido se habían roto y sus pequeños pechos habían quedado al descubierto.

El viento empezó a arreciar y a golpearnos. Julieta tenía la cabeza baja, su pelo le cubría  la cara. En toda la noche no había podido ver sus ojos. Está vez el viento le arrancó por completo el vestido, pero su pelo seguía inmóvil. El vestido de Julieta no fue lo único que el viento había arrancado en nuestro mundo. Los juegos se empezaban a caer pedazo por pedazo. El viento los arrancaba o simplemente se caían como pétalos marchitos en otoño. Primero fueron las máquinas de la derecha, luego las de enfrente, le siguieron las de atrás y por último las de la izquierda. Curiosamente el mundo estaba en silencio. Los juegos se caían o salían volando por todos lados, pero siempre lo hacían en silencio. Como si no quisieran perturbar el sueño de alguien. Los puestos que también fungían como las paredes de los laberintos se empezaron a derruir como si el tiempo les hubiera ganado la carrera y ya fuera hora de morir. Todo estaba en perfecto estado de expiración. Volteé de nuevo a ver a la desnuda Julieta y ella levantó su cara, está vez el viento apartaba el pelo de su mirada, dispuesta por fin a verme.

A. J. T. Fraginals

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