El Pueblo de las Cruces

Al terminar el locutor el último nombre de la lista, mis dos hermanas y yo nos soltamos las manos mientras mi madre dejaba escapar un suspiro. Se abrió la puerta de nuestra pequeña casa, y acto seguido, corrimos todos a abrazar a papá.

Mi padre era obrero en una mina que nos pertenecía a la comunidad del Pueblo de San Juan, la cual había sido descubierta poco después de que naciera mi hermana Gaby, unos siete años atrás. A partir de ese momento, dejamos de ser un pueblo ganadero para dedicarnos únicamente a comercializar minerales. Esto llamó la atención del pueblo aledaño, que solía formar parte del nuestro, pero que, por conflictos entre las dos familias más poderosas, se habían separado.

Dicho pueblo, el de San Isidro, al separarse del de San Juan, tomó por la fuerza la región que ahora le pertenecía, ya que era más propicia para la agricultura y la pesca; jamás sospecharon que dentro de nuestro territorio habría una mina oculta. Al enterarse, comenzaron las riñas para quedarse con ella.

El panorama era complicado; cada día había una batalla más sangrienta que el día anterior. Empezaron con palos, piedras, puños. Qué nostalgia sentíamos por aquellos días de palos, piedras y puños…

Vivíamos a menos de un kilómetro de la mina, y podíamos observar a lo lejos cómo iban llegando en numerosos grupos, hombres encapuchados portando antorchas, palas y machetes; era esta marcha lúgubre la que estremecía al pueblo entero cada día a la llegada del atardecer. Se empezaban a escuchar chiflidos que se propagaban por toda nuestra extensión territorial, y a los cinco minutos comenzaban gritos de organización. Se respiraba temor, nerviosismo, incertidumbre.

A eso de las cinco de la tarde, las mujeres y los niños salíamos apresurados con carretillas a recoger piedras, palos, y todo tipo de material que pudiera ser lanzado en contra de la comunidad vecina. Y por ahí de las cinco de la mañana, también las mujeres y los niños, salíamos con carretas (sin mucha prisa) a recoger los cuerpos inertes de quienes habían dado su vida por defender la mina.

Los heridos eran llevados al único hospital que había cuando la batalla terminaba. Entonces, una vez que pasaba la inquietante angustia que nos habitaba a diario, era posible percatarse del cada vez más habitual olor a sangre, la peste de cuerpos en descomposición, la pólvora que se hacía uno con el aire y provocaba que respirar, fuera tan difícil como no hacerlo. Era una mezcla hedionda que comenzaba siendo apenas perceptible, para convertirse poco a poco en una atmósfera insoportable y nauseabunda de la que no se podía escapar.

Junto con ella, llegaba un silencio ensordecedor después del estruendo del caos que formaba parte de nuestra cotidianidad. El momento en el que la disputa terminaba, era peor que el de la disputa misma. Justo cuando se pensaba que todo estaba callado, se caía en la cuenta de que nunca lo había estado; eran simplemente las detonaciones y los gritos de guerra que no dejaban escuchar el aullido de los perros, el llanto de los niños, las peticiones desesperadas de auxilio, el dolor de los heridos, el luto de las familias… el pueblo ensangrentado. Nuestro silencio era eso; nuestra calma, ninguna.

Poco después se hacían presentes los buitres. Se veía a niños pequeños tratando de resguardar el cuerpo de sus padres, aventando piedras y llorando. Se veía también, hombres de gritos desgarradores agonizando entre un torbellino de alas negras, que terminaban por rendirse ante el ave sabiéndose desahuciados. Una vez que se saciaban, alzaban nuevamente el vuelo, dejando abajo los cuerpos más afortunados que tendrían por destino la fosa común.

Llegaba entonces la policía estatal en medio de gritos e insultos en su contra. Venían únicamente a hacer acto de presencia para salir en la portada del periódico al día siguiente. Por si la desgracia fuera poca, detenían arbitrariamente a uno que otro de los que salían a reconocer los cuerpos, porque necesitaban culpables para rendir sus cuentas. Al final, si había posibilidad de sobornarlos, eran intercambiados por los rehenes provenientes del Pueblo de San Isidro, capturados unas horas antes.

Ya que la policía se iba en medio de un ambiente hostil, el locutor de nuestra única estación de radio local, daba a conocer la lista de muertos que había dejado el conflicto en turno. A esta sección, se le llamaba “El Saldo”. Entonces las familias que habían resultado intactas, podían por fin tratar de conciliar el sueño, ignorando a toda costa las plegarias y oraciones que se extendían por todo el pueblo, de las familias que quedaban en luto.

En el hospital no había lugar suficiente para albergar a tantos heridos, pues era apenas algo más que una clínica modesta. Comúnmente expulsaban a hombres moribundos para dejar lugar a otros con mayores expectativas de vida. Quienes tenían familiares en estado crítico, solían hacer repetidas visitas durante el día, para cerciorarse de que estos siguieran siendo atendidos, o, en su defecto, para recogerlos de las periferias del hospital y llevarlos unas últimas horas a casa.

Los niños ya no jugábamos, ni reíamos, ni éramos niños. Recolectábamos piedras por las tardes, y cuerpos por las madrugadas. En las mañanas en vez de ir a la escuela, lijábamos pedazos de madera para hacer cruces y colocarlas, al medio día, donde hubiera muerto alguien. Las colocábamos en cualquier parte; en todas partes.

Yo tenía once años en los tiempos que estoy relatando, y ya para ese entonces, mi infancia había sido robada por la codicia de los adultos, que los orillaba a matarse por una mina de piedras bonitas. Mi hermana Gaby tenía siete, y mi hermana mayor, Lucía, catorce. Nuestro calendario estaba plagado de sangre; todos nuestros atardeceres eran rojos, independientemente del color del cielo. Todas nuestras mañanas eran grises, y las noches, negras; no por la noche, sino por el luto. Nuestros días eran iguales y el conflicto jamás acababa, como si fueran dos espejos encontrados, y en medio de ellos, se luchara siempre la misma batalla. Era difícil recordar cuándo había empezado e imposible predecir cuándo terminaría. Lo único que variaba, eran los nombres mencionados en la radio, pero incluso eso parecía ser siempre igual.

Recuerdo en particular un 28 de julio. Fue un día como cualquier otro, pero como ninguno…

Salí a recolectar piedras y palos en la oxidada carretilla que teníamos en casa. La lluvia era helada y el lodo me llegaba hasta los tobillos. Vi, más cerca que lejos, a los mismos hombres encapuchados que venían a agredirnos día con día. Temblaba de frío, temblaba de miedo; temblaba porque mi cuerpo temblaba siempre que esa imagen entraba por mis ojos. Entregué todo lo que había podido recoger, y volví a la mayor velocidad a la que mi cuerpo torpe y entumido podía moverse.

Dejé la carretilla a un costado de la casa, y llegué apresurado hasta la puerta de madera que rechinaba cada vez que uno la abría. Entré rápidamente y caminé hasta el cuarto que habíamos tapizado con colchones y cobijas, por si alguna bala perdida quisiera atravesar las modestas paredes que nos separaban del horror de afuera.

Comenzaron a escucharse los gritos, las balas, las detonaciones de bombas molotov y cuernos de chivo. Mi hermana Gaby lloraba y se abrazaba con todas sus fuerzas a mamá. Lucía sujetaba el rosario de madera que mi abuela le había regalado años atrás, rezaba con los ojos cerrados y tapándose los oídos. Yo, por el contrario, tenía los ojos bien abiertos; estaba completamente en silencio escuchando horrorizado la masacre de todos los días, a la cual era imposible acostumbrarse. Mi sudor se mezclaba con el agua de lluvia y resbalaba hasta el lodo del piso.

Ya había oscurecido y mi padre aún no llegaba. “¡¿Y papá?! ¡¿Dónde está papá?! ¡¿Por qué no ha llegado?!” Preguntaba Gaby llorando; nadie respondía. Todos nos hacíamos las mismas preguntas. “¡¿Dónde está papá?!” Insistía ella gritando. El silencio en mi casa seguía intacto; el estruendo de afuera, también.

La matanza fue más larga que ninguna otra. El 28 de julio se hizo eterno junto con ella.

Los rehenes que habían sido capturados, aumentaban día con día su número, hasta que, ese día, llegaron a ser demasiados. Estaban secuestrados al final de mi calle, en una casa enorme que era destinada únicamente para ellos.

Se escuchó un estruendo que se sentía bastante cercano. El piso comenzó a temblar, los gritos se hacían más fuertes. Al olor de la pólvora lo acompañaba ahora el de la gasolina. La noche se aclaró y no porque la mañana hubiera llegado… El calor comenzó a aumentar y, por una de las rendijas que había en la pared, vislumbré gente corriendo desesperada justo afuera de mi casa. Respirar era más difícil de lo habitual. El humo no permitía a Lucía abrir los ojos, ni a Gaby dejar de llorar; ni a mí evitar hacerlo. Los colchones empezaban a quemarnos la piel, pero a helarnos el alma. Nuestras paredes comenzaron a arder en llamas y permanecer dentro ya no nos mantenía a salvo. Mamá gritó, mis hermanas lloraban, yo no tenía consciencia de mí mismo.

Salimos a toda prisa en un intento de conservar nuestras vidas. Abrimos la puerta de la casa e intentamos huir de aquel infierno. Las mujeres corrían tratando de proteger a sus familias y la sangre de los heridos nos salpicaba a todos. Se veían personas caer víctimas de alguna bala perdida. Muchos gritos desesperados clamaban que parara el conflicto: “¡Deténganse! ¡Hay niños presentes!”; suplicaban las voces.

Mi madre cargaba a Gabriela y corría a toda prisa tratando de alejarse de ahí. Tropezó. Un hombre fornido la tomó por la fuerza mientras ella gritaba, lloraba y pataleaba. Lucía se encargó de Gaby mientras yo volví apresurado tratando de hacer algo por mamá.

Vi a lo lejos a papá y le grité en medio de la multitud para que se uniera a mi causa. Nos estaba buscando con la mirada, y al encontrarme, preguntó por mis hermanas. Ignoré la pregunta y señalé al hombre fornido que tenía a mamá en sus brazos; al instante, él corrió en aquella dirección. Un grupo de encapuchados que portaban palos lo derribaron y se agruparon a su alrededor.

Mi corazón empezó a latir intensamente y mis ojos desbordaban impotencia. Sin ninguna idea de qué iba a hacer, corrí para tratar de ayudarlo a salir del mar de palos y patadas en el que su vida se estaba ahogando.

Me tomó por la espalda un hombre y me cargó alejándome de ese lugar. Solté codazos inútiles intentando encontrar con ellos a aquel sujeto. Grité, lloré y me sacudí con todas las fuerzas que pude reunir tratando de que me soltara, pero no conseguí nada. Volteé la cabeza para ver quién me estaba robando la poca esperanza que tenía de volver ver a mis padres aunque fuera en alguna cama del hospital; era mi tío Miguel.

Una piedra voló directamente hacia nosotros; mi vista se hacía cada vez más pequeña y la piedra más y más grande. Cerré los ojos ya que la tuve en frente.

Llegamos a casa de mi tío y me arrojó en medio de la sala. Todo estaba borroso, nublado, incierto. Las balas se escuchaban muy cerca; las sirenas, muy lejos. La policía municipal no llegaba y los hombres encapuchados no se iban.

Me agarré la sien, justo en donde la piedra me había impactado, y sentí como un líquido caliente escurría por mi mano. La puse en frente de mi vista y lo único que encontré fue un intenso color rojo. Me sentí débil y helado; y cada vez más débil. El rojo se tornaba borroso hasta que terminó por teñirse de negro.

Desperté llorando y traté, sin conseguirlo, de ponerme en pie. Vi a mis hermanas abrazadas a un costado de la radio antigua que había en casa de mis tíos; también lloraban. La voz que salía del artefacto se fue haciendo poco a poco más clara ante mis oídos desorientados. Sintonizábamos “El Saldo”, la lista de nombres que era conformada por los muertos del día.

Deseé con todas mis fuerzas no escuchar el nombre de mis padres en la voz del locutor que estaba hablando. A veces los deseos no se cumplen; aquella vez, fue una de ellas.

Me tapé los oídos para no escuchar los gritos de dolor de mis hermanas que me estaban deshaciendo, pero era imposible evitar que el alma se me cayera a pedazos. Apreté los puños con todas mis fuerzas y sentí cómo la tensión paralizaba mi mandíbula. Mi cuerpo, por el contrario, no podía dejar de temblar. Miles de gritos se anudaban en mi garganta pero mi voz estaba ausente. Quise morir en el instante, salir corriendo a buscar algún arma enterrada en el lodo para pegarme un tiro en la cabeza, o tomar algún machete y arrancármela del cuerpo; pero las piernas no me respondían. Lloré hasta quedarme dormido. Mis hermanas hicieron lo mismo.

Al día siguiente escapamos sin más de aquel pueblo que tenía más cruces que habitantes. No quisimos reconocer los cuerpos inertes de mamá y papá ni volver a pararnos en el lugar donde los vimos por última vez, en manos de los hombres que nos habían robado su presencia, y a ellos, su vida.

No he vuelto a ir a ese lugar, pero me es imposible olvidar el olor a pólvora, a sangre, a muerte. Me es imposible olvidar los gritos de dolor, las súplicas de la gente pidiendo que acabara el conflicto, las grandes llamaradas en las que estaban envueltas nuestras casas. No consigo dejar atrás la última imagen que tuve de mis padres, ni el temblor de mi cuerpo, ni aquel 28 de julio con el que amanezco todos los días. No han desaparecido las ampollas que me quedaron por lijar tantas y tantas cruces. Cruces que estaban por todas partes, pero Dios, en ninguna.

No he podido escapar de estos recuerdos, ni de la miseria, ni de la muerte; pues me ha tocado vivir en un país que, más que verde, y mucho más que blanco, es rojo. Muy, pero muy rojo.

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