Ni Un Segundo Más

Autor Invitado: Luis Alonso

Ni Un Segundo Más

No sé cuántos árboles fueron víctima de mi mente nublada, de mi puño nervioso, de mi obsesión por encontrar las palabras perfectas. Resulta difícil calcular las veces que vacié el tintero, o las tantas más que llené la canastilla de intentos frustrados. Y es que todo el desperdicio de tiempo, papel y tinta, es apenas un minúsculo reflejo de la complejidad del ajetreo emocional que me invade. Sin embargo sé, Regina, que eres una mujer bondadosa y comprensiva, y lograrás perdonarme si este último escrito no es ni la sombra de las palabras que yo quería obsequiarte. Pero en mí no cabe un solo sentimiento más; una sola palabra más.

“¿Quién es esa mujer dueña de aquel caminar tan alegre? Apuesto a que es de las que juegan a soñar toda la vida, que pierden el piso y no les preocupa caer, porque nunca vuelven a tocarlo. Seguro no le molesta gastar lo que resta de su quincena en un viaje, pues sabe que lo merece; cuando tiene la disyuntiva entre ocupar las últimas monedas de su bolso en un café y diez pesos de propina, o tomar un taxi, ha de elegir siempre la primera, porque le gusta caminar para observar a los niños, a los perros, a la gente; tal vez hacer una breve parada y sentarse a leer en el parque. ¿Me acercaré? ¿Cómo hablarle a una mujer como ella? Si le pregunto a qué se dedica, reirá para sus adentros, y, viéndome con cierta ternura, podría responderme: ‘a vivir’; quedando yo más fascinado, más tonto. ¿Tendrá la risa más dulce del mundo?”; todo esto pensé –y sabes, Regina, que no te miento– la primera vez que te vi.

Me acerqué tembloroso, buscando tus ojos, mostrándome ante ellos con temor a ser rechazado. En ese tramo de 18 pasos, que parecían ser separados por horas unos de otros, visitaron mi mente infinidad de escenarios posibles; del más pesimista, al más idealista. Llegaron junto con ellos, tantos y más diálogos inútiles que me hacían más difícil pronunciar un espontáneo “hola”.

Eres testigo, Regina, de que soy un hombre sumamente complejo y, a ratos, prisionero de mi propia mente. Me meto en ella y me olvido de las personas, del entorno, de todo. Después de darle vueltas y vueltas, me dije: “esta chica será tu prioridad, si le hablas no va a ser para vivir en tu mente, sino para vivir a su lado”. Sé que suena a cliché, pero como todo imitador barato de un buen personaje, busco que mi vida esté llena de ellos, solo para que sea una historia digna de contar. Y sí, más por mí que por ti, así me dije.

Siempre he sido un tanto egoísta, Regina. Más por mí que por ti, busqué hacer todo para que fueras feliz, sin saber que mi brújula estaba desorientada.

Fue justo cuando me escuché hablándome a mí mismo, que dejé de escucharme hablándote de mil maneras que hubieran sido un fracaso inminente. Entonces entró por fin el timbre de tu voz en mi oído, preguntándome, otra vez, por una dirección que yo desconocía. Inventé que iba al mismo lugar y ofrecí acompañarte, ya que, de todos modos, yo al parque sólo había ido a hojear un libro en la página 273, (ni tan al principio, ni tan al final; pero tampoco en medio), usando unos lentes de aumento que no necesitaba. Nada importante me mantenía ocupado.

Me dirigí hacia el lado que me sonaba más distante del lugar que me habías dicho, y fingí estar extraviado. Me contaste que te habías quedado de ver con algún chico… ¿Diego? ¿Pablo? No sé; la verdad es que no te escuché. No suelo escuchar, Regina, ya lo sabes; pero me alegré de que tu encuentro no hubiera sido concretado.

Te invité a tomar una taza de café en el primer lugar donde vi que se esparcía la luz tenue de las velas, (una por mesa), ahí justo donde un trovador cantaba una canción de Ricardo Arjona, e inventé ser fanático de la trova. Te dije que me gustaba mucho la canción que sonaba, porque mencionaba a Neruda en el coro, y que a pesar de mi vasto conocimiento literario, él era uno de mis escritores predilectos. He de confesar que ni conozco de trova, ni me gusta Arjona, y las únicas dos veces que he leído a Neruda, han sido en este párrafo que acabo de escribir. Pero gracias por la fascinación tan ensayada con la que me escuchaste aquella noche de neblina y luces amarillas. Casi significó mucho para mí.

Descubrí a través del tiempo que efectivamente eras esa chica soñadora que imaginé, esa mujer a la que le es imposible ocultar la niña que lleva dentro. Me dio gusto saber que tenías el perfil idóneo de aquella de la que yo me podría enamorar: morena de rasgos más o menos lindos (porque a mí no me gustan las rubias, como a todos los hombres), esa que se disfraza de inteligencia y te puede hablar de cualquier tema en sus periferias; una maestra del camuflaje que adopta los gustos y la identidad de la persona con quien se encuentre, creyendo fervientemente que siempre han formado parte de su esencia. Eres la sombra más fiel que haya tenido, incluso más que la mía propia, que a veces ni se sabe mía, mientras tú no te sabes de otro.

Eres tan perfecta para mí que te has vuelto yo mismo, y me das asco. Me das asco porque me doy asco. ¿Y sabes por qué? Porque cada vez que traté de hacerte feliz a la luz de la luna, cada vez que pedimos deseos siguiendo el camino de una estrella, cada docena de rosas rojas que te compré, cada caja de chocolates Ferrero Rocher que te di, cada uno de esos detalles me hicieron menos humano.

Jamás te hice una sorpresa impredecible, jamás cambié la hora de desayunar, nunca me pregunté cuál era tu flor favorita, ni te pregunté a ti si realmente te gustaban los mariachis. No pasó por mi mente otra forma de pedirte matrimonio que no fuera el anillo en el fondo de la copa de champán, ni te besé bajo la lluvia porque quisiera hacerlo. Me es difícil recordar alguna vez que te haya hecho el amor porque el deseo fuera incontenible. Es más, ¿alguna vez te he hecho el amor? Te cogía tres veces por semana para que no fueran tantas, ni tan pocas; para mantenerte tranquila y creyendo que estabas satisfecha. Jamás pensé que… jamás pensé que…

¡Jamás pensé!

Te dije “te amo” infinidad de veces porque eso es lo que se dice, no porque yo lo sintiera. Busqué hacerte feliz para sentirme bien conmigo mismo; quería ser el héroe de la canción romántica más desagradable que pueda ser escuchada, solo porque mi vida era tan vacía, que necesitaba eso: ser el protagonista de la historia más aburrida y conocida por gente igual de vacía que yo. Porque soy un charlatán que no sabe distinguir entre lo que es arte y lo que es basura. Busqué por todos lados la fórmula para hacerte la mujer más feliz del mundo, pero mi brújula estaba averiada, y, ya que fue muy tarde, descubrí que el norte debió haber apuntado siempre en mi dirección.

Eres tan dócil, tan soñadora, tan ingenua, que me eres repugnante. Mírate en un espejo y me verás a mí; te odio porque eres el reflejo del peor hombre que pude ser. Quise que mi vida fuera más entretenida porque jamás me perteneció; solamente fui un espectador aburrido de esta aventura tan monótona con la que pasaba los días. Cada sorpresa, cada sonrisa, cada caricia, cada beso, cada “te amo”, los medí segundo a segundo. Contigo y con todas.

Sin embargo, tú fuiste la única lo suficientemente estúpida como para abandonarte a ti por acompañarme a mí. Fuiste perfecta, porque necesitaba adueñarme de alguien más para sentir que algo me pertenecía, ¿y te digo qué? ¡Me das asco! Ahora que eres mía, únicamente me sirves de evidencia para darme cuenta del horrible ser humano que soy. Ni me hiciste feliz, ni te hice feliz; solo te engañé con que lo eras. Te hice creer que eras tú cuando en realidad soy yo el que te habita.

Sé que fui el amor de tu vida por varios meses, me convertí en tu vida misma a través de los años, pero en estos últimos que han pasado, me he tornado en tu muerte. Porque si bien jamás te amé, ahora más que nunca, me importas un carajo. Me preguntas que qué es lo que me pasa, por qué ya no te veo, ni te escucho, ni te llevo el desayuno a la cama cada domingo a las 8:30 de la mañana. Porque te estoy matando, Regina; porque así como tú me has vuelto miserable, yo te he hecho lo mismo. Ahora que te has dado cuenta de que nuestras vidas son tan vacías, te he desprendido de aquella brisa de sentimientos que te cobijaba; y eso, es dejarte más muerta de lo que yo estoy.

Te odio porque me odio, pero al menos te odio. Tú no tienes nada; eres tan pendeja que felizmente te casaste con tu verdugo. Y eres tan débil que a pesar de todo lo que te he hecho, serías incapaz de odiarme, porque me perteneces y no podrías contradecir mi voluntad. Yo no quisiera odiarme. Por desgracia, solo tú me obedeces; no tengo autoridad sobre mí mismo.

Justo ahora, Regina, quiero que olvides todo lo que te he dicho antes de esta carta. Esta es tu oportunidad de odiarme, ¡ódiame! Ódiame porque sólo así recuperarás tu vida, o lo que sea que hayas tenido. Ódiame porque sólo así podré odiarme un poco menos. Me quitaré de culpas si me odias, y si llegas a hacerlo, me lo agradecerás el día en que te despierte el aroma de café por la mañana, y un buen hombre en la cocina, lo esté vertiendo en una taza que estará lista para llegar hasta tu dormitorio. Tal vez Diego, ¿o Pablo? Alguien que recuerde si tomas café regular o descafeinado, o que te pregunte qué te gusta tomar por las mañanas. Mejor aún, alguien que te haga una sorpresa que yo jamás podría idear. ¡Alguien, con un demonio, que te diga que te ama porque lo siente!

¿Sabes qué es lo peor? Que eres tan patética que has llegado hasta esta línea. Si tuvieras un mínimo de dignidad, te habrías detenido numerosos párrafos atrás, habrías quemado esta carta y te habrías marchado. En cambio, sé que la guardarás y llorarás cada 14 de abril preguntándote qué es lo que hiciste mal, en qué fallaste, por qué chingados no te diste cuenta de que yo no era feliz.

¡Pero no!, ¡con un carajo, no hagas eso! ¡¿Quieres que me largue yo con culpas?! ¡Ódiame! Ódiame para que pueda odiarme menos. Para que tenga yo la certeza de que seguirás adelante y a todo al que le cuentes de mí, me haga ya en el infierno. Ten, te regreso tu independencia, si es que alguna vez tuviste. Pero si no, ¡tenla ya, maldita sea! Esto, en 12 años, es lo más valioso y sincero que he hecho por ti.

Por primera vez desde que te conozco, te haré una verdadera sorpresa. Sé que a estas horas, como cada 14 de abril, ya se habrán ido los mariachis, ya te habrás subido a la limosina que te traerá hasta el hotel, donde un buen camarero te indicará, como si hiciera falta, que tu habitación es la 602. Llegarás llena de falsa ilusión a un cuarto adornado con velas, y verás justo en frente de ti una mesa con una botella de Champán, hielo y dos copas; creerás emocionarte mucho cuando descubras, por doceava vez consecutiva, el camino de pétalos de rosas rojas que llegará hasta la alberca privada de nuestra suite, y entonces, aquí te esperaré yo con esta carta en mano… ¡Sorpresa!

Y siento mucho, Regina, que me veas así; sé que pegarás un grito y llamarás a la seguridad del hotel; creerás que ha sido un accidente, o un crimen. Quién sabe, eres tan estúpida… En fin, notarás la carta que llevo en mano, y con miedo a llorar, la abrirás pensando que está llena de palabras románticas baratas, de esas que consideras poesía. Te ilusionarás con los primeros párrafos, porque una vez más, te he engañado. Sí, me odio tanto que quería ser, todavía al final, lo más cruel posible contigo.

Por último, te tirarás a berrear porque no sabrás qué más hacer, y con el autoestima tan baja que tienes, desearás haber sido tú la muerta, y no yo. Gritarás al techo como si fuera el cielo, preguntándole por qué sucedió todo de esta forma; por qué no fuiste tú quien dejó de respirar. pero permíteme a mí explicártelo, pues dudo que encuentres la respuesta en la azotea del edificio.

Es muy sencillo, Regina; si te mataba a ti, no hubiera podido seguir viviendo conmigo mismo todos los días. Me es imposible verme al espejo sin sentir repulsión por mi existencia, que hace mucho ya no es mía. Tú eres lo único que me pertenece, y no quiero perderte, así que ve. Ve y vive mi vida hasta que me odies, y te hagas así, independiente; entonces me matarás como yo lo hice contigo alguna vez, pero a mí sí definitivamente. Y ese día, solo llegando ese día, habré hecho de verdad algo por alguien, y mi vida no habrá sido tan vacía como hubiera sido si te asesinara a ti.

Anda, pues, ve y consíguete una vida; ve y consíguete un Diego, o un Pablo, que te deje ser Regina. Ve y averigua quién eres, y deja mi cadáver en paz. Deja ya de llorar y abrazarme, ¡¿qué no ves que me das asco?! ¡¿Qué no ves que te odio?! Perdóname, mi amor, por no haberme esperado para gritarte toda esta mierda en la cara; créeme que me hubiera encantado pasar así nuestro último 14 de abril juntos, créemelo de verdad. Pero siendo mi vida tan vacía, necesitaba un final que fuera digno de contar; y otra vez, más por mí que por ti, es que he hecho las cosas como las hice. Solo que por primera vez las hice bien.

Perdóname, mi amor, por no haberme esperado para gritarte toda esta mierda en la cara, pero ya no soporto la idea de existir ni un día más… ¡Ni una hora más! ¡NI UN MINUTO MÁS!…

¡¡NI UN SEG

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