Los Instintos

Autor Invitado: Juan Carlos Salamanca

Los Instintos

El agente judicial, finalmente, respondió a las insistentes quejas de los vecinos de una pequeña y olvidada vecindad. Primero habían sido gritos. Después silencio. Finalmente, un balazo. El martes siguiente, los periódicos de la ciudad publicarían en su primera plana la alarmante fotografía de la escena que el agente estaba a punto de presenciar: una mujer muerta, descuartizada e inidentificable, a lado del cuerpo inerte del presunto homicida, que tenía una bala en la cabeza. La escena del crimen era horrible, escandalosamente roja. El hombre tenía en una mano la pistola con la que se había disparado, y en la otra, tres páginas arrugadas y manchadas de sangre. Habían sido arrancadas de una pequeña libreta negra (el diario del sujeto, como revelaría la investigación posteriormente), y tenían tres escritos fechados, que servirían para desarrollar diversas conjeturas de lo que había ocurrido en el lugar del delito.

I.

3 de noviembre [de 1954]

He olvidado cómo ver a los ojos a los demás. Es algo más o menos reciente, pues hace unos meses no tenía problemas en hacerlo (y lo hacía muy bien). Pero algo pasó este último año que me ha vuelto incapaz, inepto, inútil, cuando se trata de ver a los ojos de otra persona.

Por ver a los ojos no me refiero a dirigir la mirada hacia las pupilas del otro, a cruzar la vista con quien sea. Me refiero a ese verdadero reconocimiento del prójimo, a esa genuina conexión con el alma del de enfrente en la que—incluso sin entenderla, incluso sin descifrarla—se le descubre y se le contempla como semejante, como igual. Me he vuelto (me gusta pensar que) involuntariamente, en un hombre solitario; y no porque viva sólo, o porque ya no conviva con nadie, sino porque ya no puedo estar con alguien, ser con alguien. Solo estoy, solo soy. Sólo estoy, sólo soy.

II.

25 de noviembre [de 1954]

Me deberían tener prohibido pensar tener tiempo libre. Si me mantuvieran todo el tiempo ocupado, no tendría tiempo para analizar y sobreanalizar las cosas. Para interpretar, y luego sobre interpretarlas. Para pensar y repensar, y repensar lo repensado.

Es su culpa. Es culpa de ellos, de los que no me mantienen ocupado. Estúpidos, todos, pues no se dan cuenta del daño que me hacen, dejándome libre, dejándome usar mi imaginación, mi creatividad, mi originalidad. Dejándome soñar. Porque al dejarme hacer eso, inevitablemente te sueño.

Sí, sueño contigo, todas las noches y todos los momentos del día en los que no estoy ocupado. Incluso en mi soñar, estoy soñando que te sueño, que te tengo en frente, pero solamente allí, porque es el único lugar en el que existes.

Es inevitablemente odioso, inevitablemente terrible; abominable, detestable. Verte y saber que sólo ahí puedes estar. Creada por mi pasado, presente y futuro. De lo que tuve alguna vez y nunca volveré a tener. De lo que nunca he tenido y quizás nunca tendré.

Mujer fatal, te amo. Mujer ideal, te detesto, te desprecio, te odio.

III.

[La tercera entrada del diario estaba dirigida a alguien, pero solo alcanzaban a verse claramente las últimas dos letras: “-ía”, y parecía verse la primera, una “M”. ¿Mujer mía, o algún nombre, quizá? Les sería imposible adivinar que la “M” era en verdad una “H” mal escrita, y la palabra en verdad era “Harpía”]

7 de diciembre [de 1954]

M……..ía,

Es gracias a ti que me he reconciliado con mis instintos, y finalmente, hoy, he desechado de una vez por todas mis pretensiones de pensar. Porque aquellas intuiciones animales son siempre fieles a lo que mi cuerpo necesita. Y cuando las he traicionado, regresando a mi mente, es ahí cuando me siento mal. ¡Pero qué estúpido! ¿Por qué debo sentirme culpable de desearte, por qué debo sentirme culpable de tomarte, devorarte, acabarte? ¿Qué no es lo que quiero? Soy estúpido de pensar esas cosas; es más, soy estúpido tan si quiera de pensar.

Finalmente he llegado a la única conclusión lógica: es de tontos pensar[te]. Finalmente salen mis garras, salen mis colmillos, que había lijado por tantos años con pretensiones inútiles de ocultarlos. Finalmente me obedezco y lo ignoro—grillito rastrero—para abalanzarme sobre ti, como la bestia que soy, y morderte, engullirte,  tragarte; y todo tras haberte ama…

[El último escrito terminaba abruptamente; aunque los peritos no tuvieron problemas en concluir que la última palabra que había sido cortada era “amarrado”. Habían encontraron pedazos de cuerda en los restos de la mujer, lo que daba a suponer que había sido atada.]

Ninguno de los cuerpos fue reclamado en el Centro Médico Forense, por lo que el caso solo recibió atención dado el interés que mostró la sociedad en tan atroz crimen. El ministerio público dijo a los medios—para quitarse el problema rápidamente de encima, así como había sido instruida por el alto mando—que estos textos eran una tácita confesión del homicidio y una carta suicida.

Pero el muerto no hubiera estado de acuerdo con dicha descripción. De hecho, no hay nada más lejano a la verdad que lo que planteó el ministerio en su informe. Todas las suposiciones que hicieron eran erróneas; la historia que reconstruyeron con las evidencias era un rompecabezas armado al revés, con un sentido coherente, pero sin ningún apego a la realidad. En fin, no era de extrañarse… supongo que habría sido imposible hacerles comprender a los agentes—que sólo entendían la culpa en un sentido abogadil—que la verdadera responsable de las muertes había sido ella, la mujer de sus pesadillas.

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