El espejo

La otra. La del espejo, en realidad nunca la había observado detalladamente. Siempre supe que estaba ahí. Nunca la quise ver. Desde pequeña huía de ella. Por una extraña razón, la cual mis papás nunca me quisieron explicar, en mi casa nunca había espejos, o si los había estaban ocultos y sólo eran utilizados en casos especiales. Nunca fui fan de ver mi reflejo. Tal vez se pregunten cómo le hacía para arreglarme, en realidad ese no era un problema, desde pequeña sabía reconocer mi cuerpo, saber qué estaba mal y cómo arreglarlo, además siempre tenía a mi mamá que me ayudaba a arreglar cualquier problema que yo no había podido sentir.

Crecí sin un particular interés sobre mi cuerpo y sobre cómo me veía. Para mí era normal no ver mi reflejo, no ver a la otra. Con el tiempo esta costumbre se volvió tan fuerte que hasta llegó a parecer como si automáticamente sintiera un desprecio por todas las cosas reflejantes, como si siempre estuviera huyendo de eso nuevo y desconocido que era mi reflejo. Cuando veía una vitrina o a través de un cristal nunca me veía a mí, siempre veía lo que estaba del otro lado. No es que del otro lado no se encontrara la otra, sino que se ocultaba de mí. Se ocultaba entre las cosas como si fuera una cosa más. Cuando veía la vitrina de una pastelería veía los pasteles, panes, dulces, todo tipo de golosinas, pero nunca me veía a mí. Veía a los que estaban conmigo, conocidos y desconocidos.

Se podría pensar que cuando iba al lago, al mar, o me bañaba en cualquier lugar estaba condenada a ver mi reflejo, pero no. En realidad ni siquiera en esas situaciones me veía. Ahí estaba el agua como un espejo, se reflejaba el cielo, los árboles, los animales, el bote, pero yo no. En lugar de verme reflejada veía, a través de lo que se suponía que debía ser reflejo, el fondo del lago. Era como si al ver a los ojos de mi reflejo éste desapareciera y yo pudiera ver a través de él. Como si ella huyera de mí de la misma forma en que yo huía de ella. Debido a este peculiar comportamiento de mi reflejo que podía huir en aquello que permitía ver a través de ella y que en mi casa los espejos estaban prohibidos nunca tuve problema alguna en continuar evitando vernos.

Se podría decir que en algún momento de mi vida debí de tener problemas para seguir con este comportamiento, por ejemplo, cuando era imposible evitar los espejos, o con las cámaras fotográficas, pero me las sabía arreglar. Cuando iba a alguna casa con espejos simplemente no los veía. Y cuando era absolutamente imposible evitarlos simplemente bajaba la vista o cerraba los ojos. Después de tanto tiempo evitando los espejos había aprendido a vivir sin ver, o viendo sólo lo mínimo. Con las cámara era un poco más complicado, con mi familia nunca usábamos cámaras así que no había problema. Cuando un hombre quería que nos tomáramos una foto o quería tomarme una foto era sumamente sencillo convencerlo de que eso no sucedería. Pero cuando era una mujer, eso era un problema, las mujeres difícilmente aceptaban un no, y claro, me era imposible convencerlas de que no sucedería. Por lo cual siempre terminaba sucediendo una de dos situaciones: o se cansaba y no tomaba la foto o yo terminaba cansándome y tomándome la foto, pero nunca la veía.

Todo iba bien con mi vida y mi reflejo hasta que hice un viaje a una gran ciudad, llena de edificios, ventanas, vitrinas, espejos, reflejos. Por más que tratará de huir de los reflejos, esto parecía algo imposible, donde me escondiera ahí había otra reflexión. Parecía que me iba a volver loca, en todos lados había duplicados, gemelos, otros. Me seguían por todos lados en cada calle, en cada esquina, en cada auto. Huí. Huí hasta llegar a no sé qué lugar. Un cuarto oscuro donde no se podía ver nada y lo único que se podía escuchar era el muerto zumbido de un foco que está por encenderse.

El foco se encendió. El cuarto se iluminó. Era un cuarto pequeño, con sus paredes pintadas de negro y un espejo del tamaño de la pared enfrente de mí. No había nada que yo pudiera ver a través de él. Se veía la pared detrás de mí. Por primera vez la vi, a la otra. Estaba parada enfrente de mí, pero yo no sabía quién era esa mujer.

Era una mujer en sus veinte años, algo más alta que el promedio, con una piel que se veía suave en el reflejo, de un suave tostado, como si los rayos del sol conocieran la delicadeza y suavidad de la piel y solamente se atrevieran a tocar lo necesario, ni un poco más ni un poco menos. Por su hombro derecho caía una cabellera café en una cola de caballo, que caía con tal naturalidad que creaba la ilusión de que en el interior del  cuarto hubiera un viento marino que le meciera el pelo. En su desnuda cara tenía una rosa sonrisa, que era una mezcla entre incredulidad y asombro, formada por dos carnosos labios, debajo de ellos, como si fuera una prueba de la veracidad de la existencia de esa mujer, se encontraba un pequeño lunar. El lugar más secreto de esa cara eran sus ojos. Eran de una mezcla entre azul y verde. Estaban fijos en mis ojos pero parecía que se movían. No que giraran o que miraran a otro lado sino que vibraban. Como si fueran aguas perturbadas. Era curiosa la imagen de esa mujer, en la piel estaba el sol, en su cabello el viento y en sus ojos el agua. Si bien es cierto que parece haber una relación intrínseca entre el mar y las mujeres, esta imagen parecía absurda, era tan obvia, pero a pesar de eso no dejaba de sorprenderme.

La otra está enfrente de mí. Sé que no soy yo. Por lo que he escuchado, ella debería de ser yo. Pero lo dudo. Esa mujer parada frente a mí y que gusta de jugar al espejo no puedo ser yo. Ella está ahí, parada, viéndome, deslumbrándome. Se mueve con gracia como una hoja en el viento de otoño mientras que yo me muevo con torpeza. Sé que hay otra, que existe otra. Que en realidad yo nunca tuve reflejo. No es que no me reconozca, yo sé quien soy yo y la que está ahí no soy yo, es otra. La otra. Ya no le tengo miedo a la otra, hasta me atrevería a decir que me he enamorado de ella. Juega conmigo, nunca me responde, no se mueve a menos que me mueva. Y si duerme lo ha de hacer cuando yo no veo. Ella es todo lo que yo siempre deseé.

Si Platón tenía razón en el banquete, yo estoy segura de haber encontrado a mi parte faltante. Estaba ahí parada enfrente de mí. Se había pasado la vida ocultándose de mí, pero eso ya no importaba, porque ahora estábamos las dos ahí, en el mismo cuarto, ella jugando a no moverse mas que en el mismo sentido en el que yo me movía y yo sin la más mínima intención de buscar la puerta y de abandonar mi reflejo, de abandonar a la otra.

A. J. T. Fraginals

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