Sin destino

Y tú qué sabes de la vida si nunca te has enamorado de un mar. De un mar tan bello, con el agua tan pura, tan cristalina, tan azul, que parece el mar de un sueño. El mar de algún lugar fantástico donde los viejos dice que sucedieron cosas magníficas, cosas que algunos llaman milagros, ¡cómo si el milagro no fuera la simple existencia de ese mar! Un mar con aguas tan azules que absurdamente terminan recordándote a la cajetilla de los Gitanes y aquella que fue de las primeras veces en la que fumaste, en la que la silueta de una mujer, con cigarrillo en mano, se acercó a ti y bocanada a bocanada te enseñó a fumar, te enseñó lo que era amar. Aquella silueta que quiere desaparecer con la misma facilidad con la que desaparece el humo del cigarrillo. Pero la silueta se quemó en tu memoria.

Si todo fuera tan fácil como conseguir una cajetilla de Gitanes y que el azul de su cubierta me llevara a los brazos del mar. Como si una bocanada de esos cigarrillos fuera una bocanada del aire que respiras, del aire que habita en el mar. Es tan absurdo sentirme como lo estoy haciendo, sabemos que el mar se encuentra muy lejos, casi es una odisea volver a él, un viaje digno de proezas míticas, digno de cuentos y de soñadores. Y yo no soy nada de eso, soy un simple mortal sentado en un café en el centro de la ciudad. Viendo a unos franceses fumar sus Gitanes. Perdiendo la vista en el azul de la cajetilla, en el azul de tu amor. Tratando de recordar si ya había ordenado algo o si acababa de llegar.

Eso es lo que me hace ese mar. Cada vez que lo recuerdo pierdo la noción del tiempo y del ser. Y lo único que cruza mi mente es volverme a bañar en sus aguas, reír bajo la luz de esas dos grandes lunas que me acogían en su seno, noche tras noche. Con el canto de sus sirenas que se acurrucaban en mi regazo y así, en ese momento, parecía que las lunas se detenían, que la tierra no se movía y que nosotros dos habíamos logrado encontrar la tan deseada permanencia del ser. Eramos nosotros dos, un solo palpitar en dos corazones. Un mar, muerto, lleno de tranquilidad que nos mecía bajo la luz de sus dos lunas. Dos lunas que iluminaban el pequeño mundo de dos almas. Dos lunas que hacían que todos los sueños en ese mar fueran verdes. Ese mar que el día de hoy se ve tan lejano y que apenas ayer bañaba a diario mis pies en él.

Esto es lo me ocupa esta tarde de verano en el centro: volver al mar. Los franceses  siguen fumando sus Gitanes, y yo me preocupo sobre si volveré a ver esa cajetilla y mantener el último vínculo que me une al mar, que me une a ti. Es tan gracioso ver a las personas pasar tan rápido por las calles, como si el lugar al que tienen que llegar fuera a desaparecer si no llegan a tiempo, como si las personas se fuera a ir de sus vidas si no llegan en el momento indicado. Ya nadie se detiene a ver las cosas, a ver la cajetilla de unos Gitanes, a recordar un viejo mar y un viejo amor. Todos viven de prisa, y de prisa se les acaban las cosas en la vida. Los amores. Los libros. Las comidas. Todo se va de prisa, porque no quieren detenerse a apreciar. ¡Claro! nos mentimos a diario diciendo: “Mañana va a estar ahí, mañana lo voy a poder ver. Mañana lo voy a disfrutar”. Pero no vemos que un mañana nada de esto va a suceder, las cosas ya no van a estar en su lugar. Las cosas habrán cambiado. Por eso vivimos de prisa, porque pensamos que las cosas siempre van a estar igual.

Si pudiéramos entender, aunque sea un poco, que las cosas cambian y que no siempre van a estar ahí para cuando queramos apreciarlas, seríamos capaces de detenernos a apreciar un poco más. Apreciar un buen cigarrillo, aunque no sea bueno apreciar con quien los fumamos. Apreciar una copa, aunque la bebida no sea nada buena apreciar con quien la bebemos. Entonces podríamos apreciar a las personas. Aquellas pequeñas cosas, aquellos pequeños recuerdos de los que sólo podemos ver su verdadera importancia si nos detenemos a verlos, a apreciarlos. Como cuando me dijiste “te quiero” en voz baja, porque tenías miedo que los demás te escucharan. Es que hay cosas que sentimos que son tan difíciles de decir en público, y sólo se las podemos decir a aquellos que en realidad saben de que hablamos. Ese “te quiero” no era un burdo, vago y prostituido “te quiero”. Era algo más, era un “te quiero”, no de esos que se dicen en una noche de copas, ni de aquellos que se gritan en una noche de amor. Sino un “te quiero” etéreo. Que no conocía de razones y ni le importaban. Simplemente era un “te quiero” que estaba ahí, dispuesto a llevarnos a los dos al cielo.

Apreciar las pequeñas cosas es lo que le da sentido a la vida. Como cuando te encuentras unos patos y en lugar de seguir caminado, con una robótica pasión hacia la rutina, decides detenerte. Y mandar la rutina al carajo. Te sientas en el piso, junto a los patos, y mientras miras la graciosa forma en que caminan no puedes quitarte de la cabeza el sonido de sus pasos. “Plack”. “Plack”. “Plack”. Sonríes de la nada porque sabes que estos momentos son los que te alegran la vida. Pero cuando ves el reloj te das cuenta que si mandas al carajo la rutina, ésta te va mandar al carajo a ti también. Entonces te levantas y te olvidas de los patos, del “Plack” y de la sonrisa. Y sigues tu robótico camino hacia la rutina. Olvidándote de los momentos. Olvidándote de las situaciones privilegiadas. Olvidándote de los instantes perfectos. Es que no logramos comprender que por algo los patos estaban ahí, por algo nos percatamos de ellos y nos sentamos en el piso para verlos. Por algo pudimos escuchar sus “plack”, “plack”, ”plack”, y dejar que retumbaran en nuestras cabezas como unos pequeños signos anunciadores de algo que está por venir. Es que dejamos de entender que las cosas suceden por algo. Que las pequeñas cosas son pequeños anunciadores de los momentos que están por venir. Pero ése es el problema, nos olvidamos de las pequeñas cosas hasta el punto en el que dejamos de prestarles atención y no vemos aquello que estaban anunciando. Seguimos caminando de prisa, enamorados de nuestra rutina. Y de pronto, un día, las situaciones privilegiadas se presentan, pero como no son parte de nuestra rutina las dejamos pasar, las ignoramos. Nos olvidamos completamente de su existencia. Las formalidades y solemnidades se van al caño. Y los instantes perfectos nunca se dan. Las cosas cambian. Y un día, por nuestra culpa, por no percatarnos de los signos anunciadores, por no respetar las situaciones privilegiadas, por dejar pasar los instantes perfectos, nos damos cuenta que amanecemos solos en la cama, que ella ya no está. Que ya no hay nadie. Que estamos completamente hundidos en nuestra soledad, que no está de más decirlo, sea vuelto nuestra rutina.

Como cuando descubrimos, en el parque, que las piedras se atoraban en mi cabeza, o como dirías tú en mi pelo. No nos dimos cuenta de la importancia del hecho de que las piedras se atoraran en mi pelo. Jamás me di el tiempo para detenerme a apreciar ese pequeño momento. Jamás me di el tiempo para darme cuenta de lo que estaba por venir. De como las piedras ya no iba a flotar en ese mar y simplemente se iban a hundir lentamente hasta quedar sepultadas en lo oscuro del olvido y del odio. Ése fue mi problema, no poder detenerme a apreciar cuando las piedras se atoraban en mi pelo. Es que en su momento no parecía importante. Pero es que las cosas realmente importantes en la vida nunca parecen ser importantes cuando suceden. Es por eso que son mágicamente importantes, porque lo son sin parecerlo. Quién hubiera dicho que en ese parque, que estaba a unas cuantas cuadras de tu casa, jugando en los columpios, jugando a aventar piedritas a mi cabeza, íbamos a encontrar unos signos anunciadores del futuro que estaba venir. Pequeños signos de que en poco tiempo ese mar ya no sería más que un melancólico y feliz recuerdo. Un recuerdo que por más feliz que fuera seguía volviéndome triste. Tal vez. Sólo tal vez, si me hubiera detenido a apreciar ese momento en el parque me hubiera dado cuenta de que la orilla del mar ya estaba muy lejos. Que el agua que sentía que mojaba mis pies no era más que el frío viento que secaba las pocas gotas que todavía se aferraban a mí, que se aferraban como un pequeño amor que todavía no estaba dispuesto a darse por vencido, que todavía no estaba dispuesto a decir adiós, a aceptar que el agua del mar ya no bañaba mis pies. Si me hubiera detenido a apreciar las cosas, si me hubiera dado cuenta de los signos anunciadores hubiera corrido hacia el mar. me hubiera bañado en el y el mundo se hubiera detenido, una vez más, bajo la luz de sus dos lunas. Si hubiera sabido apreciar las cosas.

Todo se resume a esto. Estar sentado en el centro, esperado un maldito café que lleva media hora de retraso. Viendo a los franceses consumir lentamente los Gitanes, viendo como poco a poco, bocanada a bocanada y respiro a respiro, mi único recuerdo, lo único que me mantiene unido con ese mar se consume, se acaba. Y que no tengo más escapatoria porque a cualquier otro lado que volteo lo único que puedo ver son personas viviendo de prisa. Viviendo en la rutina. Que no hacen más que recordarme de todos los errores que cometí. De todos los errores que cometimos por la simple estupidez de no saber detenernos un momento a disfrutar las pequeñas cosas de la vida. De como todo se nos escapa tan rápido de las manos, por la estúpida obsesión de vivir de prisa, de aferrarnos a la mentira de que mañana todo va a estar ahí como si nada, esperándonos como si la vida no se moviera mientras nosotros lo hacemos.

“Plack”, ”plack”, ”plack”. Los pasos de los patos me regresaron a la realidad. Pero no había ningún pato. Eran los franceses que se estaban yendo del café del centro, y con ellos se iba la cajetilla de Gitanes. No había mucho por hacer, el azul de aquel mar se alejaba en el bolsillo del saco de un francés. Pero no estaba dispuesto a volver a perderla. A volver a perder el mar y su azul. Con un impulso ajeno a mí me levanté de la mesa y me apuré a llegar con los franceses. Cuando llegué frente a ellos, recordando lo poco de francés que aprendí en la preparatoria, les dije que si no tenían un cigarrillo que me pudieran regalar. Yo ya me había imaginado las respuestas posibles. Desde que se fueran como si no me hubieran escuchado hasta que, respetuosamente, me dijeran que no tenían, aunque la forma de la cajetilla se pudiera ver en el bolsillo del saco. Pero nunca me imagine su respuesta. Me dijo que nada más le quedaban dos y que mejor me quedara con la cajetilla que a él ya no le importaban mucho. Cuando vi el hermoso y marítimo azul de los Gitanes salir del bolsillo supe que mi historia con el mar no había acabado. Me dieron la cajetilla y se fueron. Yo también me fui. Abandoné el café con los Gitanes en el bolsillo de mi pantalón.  Caminando sin destino fijo. Sólo sabía que seguía los pasos que alguna vez fueron mi rutina, pero que aquel día ya no significaban nada. Iba caminando sin rumbo entre los cuerpos hundidos en la rutina. Pero lo único que me importaba era que cada vez que sentía esa pequeña y azulada cajita en mi pierna, sabía que era un signo anunciador. Pero lo que todavía no podía descubrir era qué situación privilegiada estaba anunciando.

A. J. T. Fraginals

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