Mirando Cuadros

“Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros.

Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo,

cerca y lejos al mismo tiempo.

Y yo soy un cuadro.” *

Buscar refugio, permanecer alejado. Evitar las cosas, renunciarlas. ¿Por qué molestan tanto las cercanías, intimar con las personas? No lo sé, pero por esa razón mantengo mi distancia, me escondo, huyo, renuncio, evito, a veces sólo me oculto. Vivo de imágenes y no creo poder empezar a hacerlo de sensaciones, de mujeres, de amistades.

Todos somos ilusiones, existencias efímeras y, casi siempre, sin sentido. Las cercanías nos asesinan, nos someten a una forma de degeneración del individuo y su amor propio. Yo no puedo conformarme con esto, no puedo sentar cabeza y aceptar las cosas. He ahí la razón por la que vivo para sentirme fuera del tiempo de los demás (y usualmente lo estoy). La vida para alguien puede ser un ciclo, o una línea, o un espiral; para mí es un acecho externo. Una observación desde fuera: la contemplación de los individuos y los estados de cosas como meras obras de arte. Como cuadros, para ser más precisos. Mi vida es un museo.

Hoy estuve con una amiga. Entre las tazas de té y las bromas durante la preparación de la comida surgió un tema parecido al que intento tratar en éste texto. Ella me decía que renuncio a las cosas (personas, situaciones, es lo mismo) sin importar el grado de felicidad que pueda alcanzar a través de ellas por culpa de un estúpido sentimiento de culpa que me impide amar o disfrutar. Partiendo de ésta premisa, la discusión comenzó a centrarse en la huida a las mujeres, el alejamiento de ellas cuando las empiezo a sentir como cercanas. El momento en que ese individuo pasa de ser una mujer a un mero cuadro.

¿Por qué ésta transformación accidental del ser a la cosa, de la mujer al cuadro?

La respuesta puede no ser sencilla, y tal vez no me alcancen las letras para describirla. El punto es que es inevitable comenzar a amar a una mujer, tarde o temprano pasará. El amor trae consigo un aburrido ritual de cortejo que puede tener como culminación una relación, mero sexo o un distanciamiento real y definitivo (aunque también hay una variable de distanciamiento temporal). Y la relación puede ser hermosa, el sexo magnífico y el distanciamiento sublime, el problema es cuando uno de estos tres resultados nos somete a un estado de miseria mental. Pero esto últimamente ya no me pasa. Antes no encontraba el camino si no llegaba alguien que me tomara la mano y lo recorriera conmigo, ahora ya no necesito ese camino porque los cuadros siempre se mantienen en su mismo sitio. Si no tengo que moverme, si no tengo que realizar el recorrido, puedo evitar todos los estados de miseria mental y sólo dedicarme a contemplar. Los cuadros están ahí, y yo sólo observo. En algunos puedo ver a Sandra buscándome y encontrando mi mano sobre la suya, y en otros puedo ver a Mariana buscando saciar el deseo que mi estado actual me impide ayudarle a satisfacer. Y tal vez sea mejor así. Si Sandra es sólo un cuadro nunca podré lastimarla. No habrá malentendidos, no se tomarán las cosas en serio, no habrá amor.

Y quizás sea ese mi objetivo: evitar el amor cueste lo que cueste. Porque esas banalidades no caben en mi museo, donde simplemente me dedico a vivir desde fuera. Evitar el contacto con todos para ahorrarse los protocolos sociales y las mujeres que se enamoran de uno sin importarles lo hijo de puta que pueda llegar a ser. No es mi culpa, y tal vez tampoco la sea de ellas: de las Marianas y las Pamelas. Porque en mi empresa por evitar el amor puede haber un par de mujeres consideradas como bajas accidentales en ésta guerra entre los sentimientos y yo.

Por eso los cuadros de Sandra son los únicos que tengo colgados; los otros se pierden con el paso de los días. Es ella la única que me importa, y la única a la que no veo como un medio para terminar con mis impulsos pasionales. A veces me gustaría poder meterme en su tiempo, sumergirme en sus cuadros y contarle la historia del hijo de puta que se enamoró de ella. Y tal vez luego haga un cuento de eso.

*Julio Cortázar, “Rayuela”, Alfaguara, primera edición, México DF, 2011, pp. 34
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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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