El Juego

Nunca quise que cambiara, pero en algún momento todo se volvió distinto: tú ya no me encontrabas y, aunque seguías enamorada, era yo quien debía buscarte. Ese era el problema; tardé semanas en entenderlo. El juego era otro, y tal vez tu amor por mí también era distinto, pero yo nunca dejé de quererte como te quise desde el primer día y como te sigo queriendo ahora.

Todo comenzó en uno de esos días que eran ideales para enamorarse. El inicio fue, en realidad, un cliché. Yo me encontraba sentado al borde de algún estanque, con el café y el cigarro y El Olvido. Nos contábamos historias y ahora era el turno del café, que narraba su fragmento favorito de la Odisea de Homero. Pobresito, el sujeto estaba muy emocionado y no lo dejaste terminar su relato.

Saliste corriendo de entre los árboles y te sumergiste dentro del estanque. Salpicaste a todos y al cigarro estuviste a nada de apagarlo. Yo me levanté muy molesto de mi sitio, pues no es de mi agrado que interrumpan ese momento en que el café y el cigarro y El Olvido y yo podemos reunirnos. Entonces te miré. Eras como La Ninfa de Darío; hundías tu desconocida cara en el agua cristalina y chapoteabas con tus pequeñas manos de uñas rosas. Vi en ti todo lo que siempre he querido ver en una mujer que llegue a mojarme a mí y a mis compañeros.

Sabía lo que ibas a hacer a continuación y por eso no me tomaste por sorpresa.

Era obvio que ibas a levantar la vista, me ibas a ver, ibas a surgir del estanque, ibas a enamorarte de mí e ibas a correr intentando ocultarte. Pero yo ya estaba preparado. Cuando saliste corriendo, apagué el cigarro y me tomé todo el café, encomendándole al Olvido la misión de quedarse a combatir al Absurdo que habías dejado como resultado de tu acto. Te perseguí por entre los árboles, pasamos entre amaneceres y estrellas para que al fin te alcanzara en el café en el que, a partir de ese día, jugarías a encontrarme.

Cuando te alcancé, nos enamoramos al instante. Tú eras una ninfa y yo un perdedor que siempre había querido atrapar una. Ese día hicimos un pacto. Al tú haberme encontrado en el estanque, era tu responsabilidad tácita ir a encontrarme todos los días a ese café. Y ya que el Olvido y el Absurdo iban a quedarse combatiendo hasta que alguno de nosotros dos le diera importancia, era mi deber como caballero cazador de ninfas el enamorarte cada vez más, siempre y cuando tú me encontraras.

Y así pasaron las semanas. Todos los días me encontrabas y yo te enamoraba.

Un día no me encontraste. Y al día siguiente tampoco. Tus pequeñas manos de uñas rosas estuvieron separadas de las mías durante días. Por un largo tiempo seguí yendo al café imaginando que ibas a ir a encontrarme, pero nunca sucedió.

Pasaron diez semanas. Una noche yo me encontraba en el café, esperándote. Llegó el Olvido, que al parecer ya no encontraba sentido en combatir con el Absurdo, y se sentó conmigo. Él me explicó que el amor no se trata de que alguien te encuentre y tú hagas todo lo posible por enamorarla, sino que cuando alguien te encuentra tú eres quien debe ir a buscarla. No había terminado la idea cuando me paré de la mesa, dejé un billete y salí corriendo en búsqueda de mi Ninfa.

El juego ha cambiado totalmente. Ya no se trata de que yo me siente a esperar a que me encuentres. Yo siempre fui el que debió buscarte, porque tal vez ahora ya no sepa cómo encontrarte.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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