Subir Montañas

No sé cuándo comencé a hacer esto, ni por qué decidí escribir sobre ello. Hace tiempo que dejé de escribir para mí, y creo que nunca he escrito para que la gente me lea o intente hacer una crítica sobre las letras que surgen como resultado de mis vivencias y desvelos. Por una simple y tal vez mediocre eliminación, me atrevería a decir que llevo un buen rato escribiendo por ella. ¿Y por qué no habría de hacerlo?

Al fin y al cabo, si alguna vez tuve corazón, sólo fue para ella.

Y por ella llevo meses subiendo ésta montaña. Dicha montaña, cuyo nombre y localización no me han sido reveladas, se encuentra en un valle que nunca he podido ver bien, al siempre encontrarse a mi espalda. No soy una persona que suela voltear hacia atrás y por esto me es imposible describir el valle, aunque yo sé que siempre está ahí, justo detrás de mí. De frente simplemente se encuentra la enorme subida que ya llevo un buen tiempo intentando vencer; está bastante empinada y parece no tener final. Sobre mí, un cielo hermoso. Siempre he sido una persona a la que le ha gustado voltear hacia arriba para ver el cielo, y puedo presumirte que el cielo que me es regalado desde el día que he estado subiendo podría haber sido el de “Les Coquelicots A Argenteuil” de Monet. Finalmente, bajo mis pies desnudos puedo sentir ese enorme mar de pasto con algunas ramas como boyas que tapizan la enorme subida de ésta montaña. Estos son, a grandes rasgos, los pequeños detalles que adornan el entorno que me ha rodeado durante todo éste tiempo y que valen la pena mencionar por el simple hecho de existir conmigo mientras intento llegar a lo más alto de la montaña. Y ya llevo setecientos veintitrés días en esto.

Hace setecientos veinticuatro días todavía me encontraba dormido con ella bajo la sombra de un árbol justo en las faldas de la eminencia topográfica que ya he mencionado. Estuvimos durmiendo por mil ciento cuarenta y cuatro días, de los que sólo recuerdo que a ella le gustaba roncar de vez en cuando. Sin aviso ni formalidades previas, las ninfas me despertaron de mi largo sueño y soltaron nuestras manos, que llevaban tanto tiempo tomándose la una a la otra que todavía me duele la añoranza que mi mano sufre por la suya día a día. Y así las ninfas me despertaron, y yo la desperté a ella. Me vio, me besó un poco (por inercia) y luego se fue corriendo, justo a la cima de ésta montaña. Desde ese día yo subo y subo y subo para poder alcanzarla, y no voy a rendirme nunca.

Algunas veces mi desempeño es tan bueno en el arte de saltar arbustos y esquivar árboles que gano bastante terreno y puedo verla a lo lejos, aunque usualmente ella no se encuentra en mi rango de visión. A pesar de que no la vea, sé que ella también sube hacia la cima de la montaña, corriendo de mí. Yo tengo un mejor desempeño en éste juego que ella; me atrevería a decir que podría alcanzarla en tan sólo un día sin problemas. La razón por la que no lo he hecho y por la que estoy condenado a sólo verla de lejos es que al ver cómo la luz del sol escurre por su espalda desnuda y baña su piel de espuma me quedo paralizado o me tropiezo, y cuando logro recomponerme y levanto la vista ella ya no está.

Otra razón de los atrasos en mi actividad ascendente es el hecho de que ella suele dejarme pequeños mensajes en el canto del viento o en el sonido que hacen las ramas que crujen bajo mis pies descalzos. A éstas breves y ligeras expresiones suelo besarlas, absorberlas, hacerles el amor. Todo esto sin importar la intención con la que hayan sido emitidas, porque el mensaje que ella intenta comunicarme puede ser tan ambiguo como para ir de un “te amo, extraño tus abrazos y tus suspiros, el aura que emanan nuestros cuerpos al encontrarse juntos” a algo más radical y negativo como“déjame en paz, Rodrigo, no te quiero volver a ver”. Pero no importa si dichos mensajes son emitidos con el propósito de hacer que me enamore más de ella o con la intención de que de media vuelta y descienda de la montaña sin volver a verla en mi vida, lo que importa es que ella los deja porque dentro de su empresa de subir la montaña se ha detenido pensando en mí, y eso es suficiente.

No sé si algún día la alcanzaré, o si en realidad quiera hacerlo. Tampoco tengo idea de qué pasará cuando al fin lo haga, porque nuestros labios no trascenderán juntos si es a la fuerza. Pero uno no sube montañas por hacer el amor cuando llegue a la cima; uno sube montañas porque la mujer a la que ama necesita que alguien suba una montaña por ella. Y a final de cuentas, de eso se trata amar. No se trata de los cuadros de Monet o de los poemas de Cortázar por la tarde, tampoco de las noches con la alta sociedad de la ciudad o de los meses de junio en la playa. No, amar se trata de subir montañas.

Y por eso escribo para ella. Porque ésta es la única montaña que ella me ha pedido que subiera.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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