Fuego

Tienen toda la razón, nunca me ha gustado el mar. ¿Que por qué hice hasta lo imposible por formar parte de la tripulación Satimbanqui? ¿Que es un barco con mala reputación debido al buen humor de los seres que trabajan a bordo de él, que tienen reputación de piratas y son unos farsantes? Pues les diré la razón por la que ahora soy un orgulloso tripulante de tan pintoresco navío: no iba a perder la oportunidad de aprender algo de éste grupo de bufones y actores reprimidos que cantan, beben ron y ganan dinero como lo hacía ni el propio François L’Olonnais.

No, la verdad me volví parte de la tripulación porque estaba huyendo de una mujer, pero no es momento ni lugar para contar esa historia… En fin, mujer, si lees esto: Je suis desolé, ma cherie.

Y así fue como comenzó mi aventura de pirata. Alzando la Jolly Roger, volviendo el estómago debido al mareo causado por el movimiento del barco y contrayendo un poco de escorbuto de vez en cuando. Era muy bueno en eso de abrir cofres, asesinar a losbounty hunters que venían por la cabeza de mi capitán (cuyo nombre era Alejandro La Fuente, por cierto), poniendo a los capullos rebeldes de la tripulación en su lugar y, sobre todo, violando mujeres. Era libre, no había compromisos, impuestos, ni corazones involucrados.

“Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.”

Espronceda no pudo ser más atinado. Creo que el sueño de todo romántico es vivir ésta libertad en carne propia, escuchar como “en la lona gime el viento”, mirar el mar y perderse en su ominosa belleza. Pero no todo son historias que te mantendrán al borde de tu silla mientras lees éste texto. Hay experiencias internas y noches llenas de contemplación y añoranza que también merecen ser contadas.

Era una noche tranquila. Nos encontrábamos en alta mar, teníamos provisiones, dinero, alcohol y mujeres suficientes. En realidad, no había mucho qué hacer, y nada de qué preocuparse. En el Saltimbanqui siempre había un ambiente de fiesta, el Capitán La Fuente endulzaba la noche con su ron destilado de kraken y Trespis solía montar obras improvisadas en las que hacía burla de cada uno de nosotros. Pero ésta noche era diferente, la melancolía se respiraba por todos lados y éramos muy pocos los que nos encontrábamos en la cubierta mirando cómo los astros bailaban a lo lejos.

Yo pensaba en una mujer (no, no en la mujer de la que había huido al principio del relato), en esa que hace que siga escribiendo. Es fácil encontrar la libertad, regocijarte en ella y adaptarte a éste modo de vida. Sí, es fácil cuando no tienes corazón. Siempre llega un momento en el que comienzas a añorar a esa persona, la manera en la que su mano se paseaba por tu cuello o cómo hacía que te derramaras sobre su piel, haciéndose tuya. La manera en la que se enojaba cuando fumabas un poco de tabaco estando con ella, o cómo se burlaba de ti porque te daba miedo el mar, te daba miedo la libertad. ¿Sabes? Es divertido ver cómo cambian las cosas, pero es inaguantable darte cuenta de cómo cambia una persona…

Y básicamente en eso se resumen mis pensamientos de esa noche, los hombres nunca dejamos de pensar en mujeres. Es chistoso cuando te das cuenta de que acabas de violar a una española justo antes de subir a cubierta y ahora sólo piensas en la mujer que dejaste ir por idiota. Muchos hombres se darían por bien servidos por haber tenido sexo y un poco de ron recorriendo sus cuerpos, pero creo que soy uno de esos pocos románticos que les gusta autoflagelarse con problemas existenciales aunque gocen de todas las bondades que el mar, el libertinaje y la vida tienen que ofrecerles.

Se avecinaba una tormenta eléctrica, pero todavía quedaba tiempo de otro cigarrillo antes de volver con mis chicas secuestradas. Mis compañeros fueron a dormir en el momento, pero yo me encontraba tan concentrado en encontrar alguna respuesta en el fondo de la botella de ron que me quedé ahí parado sin darme cuenta de que me estaba quedando solo. La noche se encontraba especialmente tranquila, ¿cómo desperdiciar un momento así?

Alcé la vista, por si lograba ver algo que valiera la pena en la oscuridad que rodeaba al Saltimbanqui. Quedé paralizado al instante, nunca había visto algo parecido. A lo lejos, había un objeto algo grande para ser una roca, con una clase de fuego blanco y azul brotando poco a poco de los mástiles y palos altos. [Silencio general. El viento calla. La naturaleza no respira. Parece muerta. A lo largo del mástil empiezan a centellear débilmente los fuegos de San Telmo.] Y entonces el fuego se prendió como esperando a que mi vista fuera puesta sobre aquel objeto.

[Todo estaba en llamas, en el cielo había rayos y en el agua partículas luminosas, e incluso los propios mástiles estaban coronados con una llama azul]. Y en medio de todo el fuego pude observar que, coño, el objeto que desprendía el fuego era un barco, ¡y estaba en movimiento! Corre por tu vida, ladies and children first. Encontré refugio detrás de un mástil del Saltimbanqui, y me asomé para ver de nuevo el espectáculo del Fuego de San Telmo.

El barco navegaba como si nada, como si el fuego no importara, como si la tripulación no le hiciera falta. Un barco navegando solo, con ese fuego blanco y azul que parece plasma cubriéndolo. Como si no estuviera lo suficientemente asustado como para que el condenado barco haya cambiado su rumbo y ahora pareciera que se dirige directamente a mi posición.

Parece que fueron segundos, pero estoy seguro de que fueron, al menos, unos 10 minutos. Me quedé parado como estúpido, absorto en el fuego blanco que pocos hemos visto y sofocándome en ese fuego azul que podría quemarte el alma de sólo verlo, mientras el barco del mismo demonio se dirigía hacia mi, viendo cómo atravesaba el Saltimbanqui sin destruirlo, sin hacer ruido. Teniéndolo a pocos metros de mi, pude ver que dicho navío era básicamente transparente, tal vez lo único real fuera el horrible fuego que emanaba de él. Y así llegó hasta mi, y sentí cómo el fuego me besaba, me acariciaba y, en susurros, me decía:

– Prepárate para lo que viene, ¡hijo de puta!

Y tan rápido como se encendió el fuego, todo desapareció. Me encontré solo en la cubierta del barco, con una cara de pendejo que me hubiera gustado haber visto. Corrí a volver el estómago en el lugar menos indecente posible, encendí un cigarrillo y abrí otra botella de ron. Después de un rato subió Julio a tomar un paseo, y de paso bebió un poco de alcohol conmigo.

Yo todavía me encontraba temblando. Digo, ésta jodida experiencia es once in a lifetime. Le comencé a compartir todo el asuntillo a Julio, quien fue poniendo una cara de espanto cada vez más severa conforme fue progresando el relato. Al final, no me quitaba la mirada de encima, y juro que podría haberme matado en eso momento.

– No tienes idea de lo que era todo eso, ¿verdad, Rodrigo?

– No, ¿por qué? ¿Usted sí, Julio?

[¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros!]

Todo pasó demasiado rápido. Tan sólo dije la última palabra y vi cómo a Julio le pasaba una bala por el cráneo. Tomé refugio en seguida, pero no sirvió de nada. Ya tenía tres cañones de pistola apuntándome directo a la cara, y vaya sorpresa cuando vi quiénes eran las que estaban a punto de apretar ese gatillo.

Delante de mi se encontraban todas las putitas españolas que había violado las últimas semanas. Sonreían por tener sangre de bufones jugando a ser piratas en sus manos. Yo no podía hacer más que reírme como desquiciado. Y como nunca se puede dejar de ser tan pendejo, cagante y chistoso al mismo tiempo, mi boca escupió las siguientes palabras:

– Vamos, que después de coger tanto uno pensaría que al menos se enamorarían un poco…

– Yo no me enamoraría de un anarquista de mierda como tú, hijo de puta.

– Bah, qué más da. De cualquier manera, todo hombre está condenado a morir por la mano de las putas que ha encontrado en el camino.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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