El Susurro Del Río

El susurro de un río. Debo estar cerca.

Corría tan rápido como mis piernas me lo permitían. Saltando troncos, levantando polvo, pisando el pasto que cubre el suelo de éste enorme bosque. Ya había atropellado a un par de insectos y sus restos se mantenían embarrados en mi rostro. No importaba, en estos momentos nada lo hacía.

A lo lejos escuchaba la misma monótona melodía. La gente se comenzaba a reunir para comenzar la fiesta, Beltane se acercaba. Yo debería de estar ahí para ayudar a encender la hoguera, pero mi capacidad de razonar se había ocultado bajo un manto de tristezas que nublaban cualquier intento de detenerme y regresar. Ya no podía parar de correr, y el río estaba cerca.

Finalmente llegué al claro donde el río encontraba reposo. El sonido que emanaba el flujo del agua me distrajo por un momento, hasta que recordé por qué estaba ahí y la busqué con la mirada.

Estaba sentada sobre un tronco. Su belleza provocaba una ilusión muy extraña en la atmósfera, haciendo que pareciera que cierta luz tenía como fuente su silueta. Era un poco menos alta que yo, delgada, con rasgos faciales que entonaban la belleza de unos ojos que parecían aún más grises cuando hacían contraste con los cabellos rojos que resbalaban hasta su cintura. Era tan blanca como la luz de una estrella, y más hermosa que cualquier mujer que verás en tu vida. Se encontraba tocando aquella monótona melodía, característica de nuestras fiestas, en su zanfoña.

Tomé asiento a su lado y sentí que una sublime tranquilidad inundaba mi alma. La miré a los ojos y ella entendió que debía poner la zanfoña a un lado. Ya sólo se escuchaba el sonido del río, el cual hacía que me perdiera en la inmensidad de sus ojos. Cuando estaba con ella. podía volver a ser yo mismo. El que siempre fui y aún debería ser. En el reflejo de sus ojos encontraba a un ser sumergido en el mayor grado de felicidad. Nada importaba ya. Sólo importaba el aquí y ahora, con ella.

Intenté tomarla de la mano, pero ella se negó a dejarme realizar el acto.

– Todo es diferente -me dijo-, tú eres muy diferente.

Y la verdad, lo era. Desde que la perdí, la amargura había tomado una fuerte presencia en mi manera de pensar, sufría de una pérdida de identidad tan terrible que sentía que ya no era digno de estar con ella. Pero tenía que estarlo. Finalmente, era por ella por lo que esperaba esta fecha cada año.

El humo de las hogueras de Beltane comenzaba a asomarse sobre la copa de los árboles en el horizonte. Ya no quedaba tiempo, la noche comenzaba a caer y ella se iría por otro año.

-Han pasado 3 años desde que me dejaste-le dije, esperando que mis palabras tuvieran una influencia positiva en ella-, soy un ser completamente diferente a aquel que despertaba a tu lado cada mañana, pero sigo amándote, y siempre lo haré.

Y siempre lo haría, mientras siguiera corriendo agua por ese río, mientras ese sonido siga entonando nuestra historia, mientras su murmullo me recuerde quién era ella.

Se asomaba la primera estrella, anochecía demasiado deprisa. Le recité poemas, canté canciones y alabé su belleza. Le dije cuánto la amaba, cómo era dueña de mi voluntad, de mis actos, de mi mirada. Aún con todo esto, no dejaba ni que la tomara de la mano. Era muy tarde, ¡se iría otro año!

El sonido del río me comenzaba a molestar. Sentía que el tiempo se me escapaba con el agua que se iba, y con el tiempo también se iría ella…

-Debo irme de nuevo -dijeron sus labios-. Podré verte dentro de otro año, pero no sé para qué sigues viniendo.

No pude aguantar e intenté besarla antes de que partiera. No lo hice a tiempo, se podría decir que sólo besé al viento. Se había ido, tal como lo hacía cada noche de Beltane desde hace tres años, cuando dejó éste mundo. Cuando murió, vine a éste claro y, en compañía del sonido que hacía el río, planté un pequeño árbol en la tierra que reposaba sobre su cuerpo inerte. Ella estaba condenada a visitarme aquí cada año, a ver cómo me alejo cada vez más de ser aquel al que amó.

Su indiferencia me mataba incluso aunque ya estuviera muerta. Añoro por tomar su mano tal como lo hacíamos cuando estaba viva, besarla con la pasión con la que siempre lo hacía. Nunca podré aprender a vivir sin ella. Era mi guía, mi compañera. Era la razón por la que me amanecía cada mañana, la razón por la que la comida me sabía tan bien, la razón por la que la vida valía la pena.

Su muerte me condenó a una existencia sin sentido. Vivo para extrañarla a diario, para ver su sonrisa representada en la belleza de los árboles, para escuchar su voz en el sonido del río.

Y me encontraba ahí, parado en aquel claro, besando al aire. Lamentando mi soledad, viviendo con el alma fragmentada, y sin posibilidad de completarla. En la muerte no encontraría consuelo, ya no soy aquel al que ama, y no estoy dispuesto a sufrir su indiferencia en la eternidad.

El humo de las hogueras ya cubría todo el cielo, y no podía moverme. La tristeza me tenía paralizado en aquel claro.

Y la melancolía de la hora era susurrada por el río.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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