El Salto

Cerré la puerta principal después de entrar a la casa. Sólo se escuchaba el sonido de mis botas al tocar la alfombra; un tap tras otro tap tras otro tap. La oscuridad lo consumía todo a tal grado que al inhalar sentía las tinieblas recorrer toda mi tráquea. Busqué el interruptor para encender la luz de un candelabro que se suponía colgaba del techo, pero no pude encontrarlo. Necesitaba luz. Debía de traer unos cerillos en algún bolsillo del pantalón, pero cuando mi mano encontró la pequeña caja me di cuenta de que estaba vacía.

Mis ojos aún no se adaptaban a la luz, porque ésta no existía. Al parecer no había una sola ventana por la que se colara la luz de la luna. Sentí una punzada en el pecho. Lo único que podía hacer era tantear  con mis manos lo que fuera que me estuviera esperando en la oscuridad.

Otra punzada en el pecho, esas sensaciones en el corazón que las palabras no alcanzan para describir, y la respiración que se corta hasta quedar en un absoluto silencio.

Alargué el brazo derecho, sabiendo que no me quedaba otro camino. La oscuridad era demasiado espesa, sentía cómo mi mano la fragmentaba en pequeñas partículas al emprender su recorrido hacía aquello que no puede ser visto. Mi brazo se estiraba y se estiraba, pero no encontraba nada sólido sobre lo que pudiera encontrar descanso. Cuando me di cuenta, mi brazo se había alargado tanto que dejé de sentirlo. Se perdió en la oscuridad, y tal vez no habría forma de recuperarlo. Menos mal que todavía me quedaba el brazo izquierdo.

Decidí caminar. Al menos el tap tap tap de mis botas era una presencia que me hacía compañía. Caminé un buen rato, pero no sabría decir en qué dirección desplacé mi cuerpo. En un estado como en el que yo me encontraba es imposible orientarse, y tal vez la izquierda se había convertido en el frente y el frente había decidido huir en la búsqueda de mi brazo derecho y dejarme ahí solo. El punto es que seguí caminando hasta que mi cráneo tocó la alfombra, haciendo un TAP mucho más fuerte que el de mis botas. Me tropecé con algo, eso seguro. No me caí por estúpido o por no poder ver nada de lo que me rodeaba. Volví a sentir una punzada en el lugar donde dicen que descansa mi corazón y mis sentidos se pusieron tan alerta que podía escuchar la sangre recorriendo mi cuerpo. Un silencio sepulcral y la espera a saber qué fue lo que obstaculizó mi camino. ¿Cómo imaginarse algo que no podrá ser visto nunca? La angustia de no tener certeza de a qué nos enfrentamos, no saber qué es esa cosa que me hizo tropezar. Imaginando que sea una cosa. Más bien, suponiendo que exista. Seguía tumbado boca abajo en el suelo. Entré en pánico, no podía moverme. La oscuridad entraba a mi cuerpo por mis orejas y pude sentir cómo salía expulsada a través de los poros de mi piel, dejando un rastro de aquella materia fantasmagórica de la que debe estar hecha la oscuridad absoluta. Un olor a frutos comenzó a flotar en el cuarto (imaginando que fuera un cuarto) en el que me encontraba, y reaccioné girando sobre la alfombra hasta que mi cuerpo chocó contra una pared.Rápidamente me senté, recargándome en la pared. Algo hacía un movimiento ondulatorio sobre mis rodillas. Sentía la oscuridad acariciando cada rincón de mi cuerpo, preparándome para someterme a lo que fuera que pasara. Sentía a ese ente reptar sobre mis rodillas, pero por más que trataba de ver algo me era imposible. La angustia me paralizaba, sentía la sed deslizar por mi garganta y el miedo adueñarse de todas mis terminaciones nerviosas. La palma de mi mano izquierda estaba recargada en la alfombra, como un punto de apoyo. Sentí algo peludo escurrirse entre mis dedos.El asco que sentí fue enorme. No pude contenerme y volví el estómago, expulsando todo lo que tenía dentro y manchando de oscuridad mi rostro. Después de ésta trágica escena e intentar limpiar mis labios (nunca se sabe lo que nos depare el destino) me incorporé apoyándome con mi mano izquierda sobre la pared. Lo volví a sentir. Algo peludo que hacía un acto parecido a un movimiento ondulatorio, en la pared. Era inofensivo, podía cubrir parte de eso con mi mano sin ninguna consecuencia. La oscuridad me impedía verlo, pero estaba seguro de que no era algo peludo: eran pelos. Un mechón de pelos infinito. No encontraba inicio ni final, era inmenso. Si te es familiar “Rapunzel” de los hermanos Grimm, estoy seguro de que me entenderás. O al menos tendrás una idea.

Cuando coloqué mi mano izquierda sobre ese mechón de pelos pude sentir un latido. Como si dicho objeto tuviera vida, o al menos la fuente de la que provenía. Absorto en la curiosidad, me dejé guiar por los latidos. Recorría la oscuridad sin tener idea de qué sería la fuente de todo eso. Mientras caminaba, sentía que alguien me miraba y se reía de mí, esperando a que cometiera algún error (imaginando que no lo estuviera cometiendo).

Mientras me concentraba en hacer que los tap de mis pasos sobre la alfombra sonaran parecido a algo de Schoenberg, algo surgió de la oscuridad y atacó mi cara. Era una mano. Sentía los dedos apretando mi cráneo como intentando exprimirlo. La oscuridad comenzó a sentirse densa y podía jurar que se metía dentro de mí. Era la hora de morir. Meses de vivir en el absurdo de ser guiado por unos simples latidos, como si estos significaran algo, para terminar siendo cruelmente asesinado. Muerto ¡puf! la nada.

Pero la mano se detuvo, y me pareció escuchar que se reía. Sentí el anillo en el dedo anular, y al fin me di cuenta de que ¡era mi mano derecha con todo y el brazo! Hija de puta, sólo me estaba jugando una broma. Coloqué mi brazo en su sitio y seguí con el recorrido. Pero ya no caminaba, corría.

Los latidos se sentían cada vez más fuerte. Era irónico estar siguiendo unos latidos que no eran míos, pero en la oscuridad nadie te juzga. Corrí y corrí y corrí, esquivando una sombra tras otra hasta llegar a una puerta. Me di cuenta de que el mechón de pelo se encontraba atascado por debajo de ella, por lo que era lógico que siguiera del otro lado. Los latidos parecieron acelerarse de una manera casi ridícula. Puse mi mano derecha sobre la manija de la puerta y, al girarla, la luz cubrió todo el lugar.

La luz me cegó diez meses. Cuando mis ojos me permitieron ver un poco, entré al cuarto que ya llevaba abierto un buen rato. Puse un pie delante del otro, y repetí la operación varias veces para hacer eso que algunos llaman “caminar”. Las paredes del cuarto eran blancas, totalmente lisas y sin chiste. El piso estaba cubierto por la alfombra que llevo inconscientemente pisando desde que comencé el relato. El cuarto estaba vacío, excepto por el ser que se encontraba en el centro, y que era la fuente del mechón de pelo.

No dudaba que la luz que iluminaba el cuarto provenía de aquel ser, así como el mechón de pelo negro y los latidos que ahora sonaban tan bajo. Me acerqué y pude realizar una inspección más de cerca.

Era una mujer. Una mujer hermosa. Su pelo negro escurría de su cabeza como el manto que cubre las noches más hermosas. No había ropa que cubriera centímetro alguno de su blanca piel, dejando al descubierto unos pechos dignos de un poema. Sus facciones eran como deben ser, y los párpados cubrían unos ojos que aún eran un misterio para mí. Ella estaba sentada sobre una silla, y, a pesar de tener los ojos cerrados, no parecía que dormía. Hice un esfuerzo enorme por apartar la vista de ella y me di cuenta de que había una silla vacía justo frente a donde se encontraba. Esperándome, invitándome a contemplar a mi nuevo descubrimiento más de cerca.

Dudé un par de instantes, pero finalmente tomé asiento y ella puso su mano sobre la mía. Sentí ese sudor frío en su mano, líquido que debería sentirse incómodo pero que no lo hizo en absoluto. Me perdí un momento en contemplar sus brazos y enamorarme un poco de su pecho cuando me di cuenta de que me estaba viendo, y con los ojos bien abiertos.

Me abandoné en su mirada. Sentí que flotábamos y el mundo dejaba de existir para sólo concentrarnos uno en la existencia del otro. Sus ojos me inundaron en un mar de sentimientos que ahogaron todos mis pensamientos, dejando todo el espacio disponible en mis preocupaciones y mis deseos a la dueña de la mirada que me tiene hechizado. Siento que ella se ha metido en mí y baila con mi corazón, sumergiéndolo en esa espantosa punzada en el pecho que todos reconocen bajo la palabra “amor”.

Y desde ese día estoy aquí sentado, escribiendo. No puedo moverme, ella me tiene bajo su poder. La amo, y ella siente lo mismo hacia mí. Pero nunca nos tocamos, nunca nos hablamos. Ninguno de los dos se atreve a levantarse de la silla y dejar de mirar al otro, por miedo a que éste acto sublime se termine. A que nunca sintamos lo mismo o pueda repetirse.

Ella y yo nos miramos; sabemos dónde está el otro. Pero no nos atrevemos a dar el salto.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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One Response to El Salto

  1. valarvizu says:

    Soy muy fan de tus finales.

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