Delirio

Todo era oscuro. Muy oscuro.

Ya estaba acostumbrado. Finalmente, eran mis paseos nocturnos los que permitían que no me volviera loco. Pensándolo bien, eran lo que evitaba que le hiciera caso a mis impulsos y terminara durmiendo dentro de una doncella de hierro. Esa noche se cumplía un mes desde que me dedicaba a deambular por la ciudad al ocultarse el sol.

Caminaba bajo la banqueta, pero lo suficientemente cerca como para subirme a ella en caso de que un coche viniera de frente. Mis paseos nocturnos usualmente consistían en caminar la calle Boundary a todo lo largo, para luego doblar a la derecha en Miskatonic Avenue, caminar unas cuantas cuadras y finalmente llegar a mi destino: el cementerio Christchurch. El cementerio de Arkham.

Esa noche, sin embargo, decidí iniciar mi recorrido por la calle Church, pasando la Universidad de Miskatonic por detrás. Ya había escuchado los rumores de la posesión nocturna sufrida por Walter Gilman en ésta misma calle. Sin embargo, yo nunca había creído en los oscuros relatos que rodean la vida diaria de los habitantes de Arkham. 

Así que, salí de casa y emprendí el recorrido. El cielo nocturno que observé al voltear la cabeza hacía arriba era justo lo que esperaba: el clásico cielo nublado de Massachusets. Me sorprendió ver que a veces la luz de la luna lograba colarse entre las nubes. Luna llena.

Fue justo antes de llegar a la Iglesia de Cristo cuando caí en cuenta de que no llevaba ninguna flor. Y yo siempre llevaba una flor. No podía ir a visitarla sin una, debía hacer algo rápido.

Recordé que siempre llevaba un cuchillo en el bolsillo. Rápidamente busqué en los alrededores por una flor, o al menos algo que se pareciera a una. Logré ver algo un poco más atrás de la calle Church, justo en la esquina de la Universidad de Miskanotic. Corrí y vi que era una rosa muy hermosa. Corté el tallo con mi cuchillo y la llevé conmigo.

Seguí mi recorrido. Las estrellas me decían que la noche ya no era tan joven, y aún quedaba un largo camino que recorrer. Odiaba Arkham. Odiaba todo lo que me recordara a ella, y Arkham lo hacía. La melancolía se hacía presente en mi vida diaria, acompañada por un par de cuadros de depresión y una vida que yo describiría como una constante agonía. Hace un mes que ella murió, y que sigo esperando a mi muerte. Hace un mes que una bestia de plumas negras, arrojada por la tempestad, vació su alma en las palabras “nunca más”, haciéndome entender que ni la más demoniaca magia la traería de vuelta. Haciéndome entender y, sobre todo, haciéndome llorar.

Absorto en mis melancólicos pensamientos fue que llegué a Peabody Avenue, donde doblé a la derecha. Esta calle se encontraba un poco más iluminada, y esto me molestaba. Había una taberna donde los ciudadanos venían a ingerir diversos tipos de veneno hasta embriagarse. Pasé la taberna de largo, enfurecido por la asquerosa música de moda que llegaba a mis oídos. Más adelante me topé con un grupo de borrachos. Me asqueaban. Siempre he sentido una gran repulsión hacía los miembros de la sociedad que no hacen más que estorbar con su misma existencia. Seres insignificantes que bien podrían merecer la muerte a manos de la tuberculosis. Evité el contacto con estos hombres, no sin antes hacerles sentir el repudio a través de mi mirada, y finalmente llegué al cementerio Christchurch.

Me encontré parado frente a su muralla de piedra de 8 pies de alto. Habría saltado la muralla para ahorrar tiempo, pero algún obtuso colocó púas sobre ella para impedir que alguien realizara éste acto. Tuve que caminar hasta el final de Peabody Avenue para encontrarme con la entrada. Observé el letrero que tenía escrito: “Cementerio Christchurch: Ingreso únicamente por la entrada principal. Abierto todos los días de 7 AM a 6 PM”.

Estaba cerrado. O al menos debería estarlo. Hace tiempo me di cuenta de que el cuidador del cementerio era un inepto, y nunca cerraba la puerta correctamente cuando partía. El cementerio se mantenía abierto a cualquier hora de la noche. aguardando a ser visitado por un ser decaído como yo.

Sin más demora, empuje la reja hacia delante e ingresé al cementerio. La primera vez que vine, siendo un niño, salí totalmente traumatizado. En 1905 hubo una epidemia de tifoidea, causando una sobrepoblación en el cementerio. De noche no se notaba, pero durante el día podía encontrar restos de cuerpos sin embalsamar a donde sea que volteara. A veces tropezaba con algún cráneo a medio devorar por los gusanos, pero finalmente a todo se acostumbra el humano.

Todo era oscuro, y me encantaba. Caminé entre las tinieblas y los gusanos hasta llegar a un pequeño monte, sobre el cual aguardaba mi destino. Subí y llegué a la lápida de la difunta Annabel… Mi amada Annabel Lee.

La inscripción de la lápida decía: “Amó con un amor que era más que amor”, y no podía ser más cierto. Annabel no vivía con otro pensamiento más que amar y ser amada por mi. Por eso, desde que murió el primero de marzo, no he parado de venir cada noche y recostarme junto al sepulcro de mi amada.

¿Desde que murió?

 

Era la medianoche del primero de marzo, y yo llegaba a casa después de haber descubierto rastros de una tribu vudú cerca de las Everglades de Miami. Era una tribu muy extraña, cuyas costumbres serán relatadas en otra historia, en otro tiempo. Recuerdo haber visto varias fotografías de sus ritos. Sin embargo, lo que me había llamado la atención era la figura de apariencia pulposa que observaban. En el instante en que saludé a Annabel, comencé a oír extraños sonidos en mi mente. No estoy muy seguro de que hayan sido sonidos… Más bien era una percepción extraña que sólo mi imaginación podía interpretar como sonidos. No importa. Esos “sonidos” hicieron que tomara mi paraguas y lo usara para matar a Annabel. Matarla de una manera hermosa, sublime.

Hice que pareciera que ella había cometido suicidio. Sin embargo, nadie me creyó. Mucha gente intentó asesinarme, incluso hubo quienes propusieron que se me practicara un exorcismo. Para mi fortuna, fueron los policías quienes me atraparon primero. Intentaron condenarme, pero el juez me sentenció a pasar varios años en un manicomio al llegar a la conclusión de que estoy terriblemente loco. Y tal vez lo esté.

Desde aquel entonces, escribo estos versos en el papel de baño que me permiten usar en el manicomio. Espero el día en que Cthulhu al fin despierte, y que, dentro de su ominosidad, la no-vida cobre su verdadero significado. Lo espero desde mi celda, en donde Arkham sólo existe porque yo quiero que exista. En donde podría matarte si yo quisiera.

Justo como lo hice con ella. Era demasiado hermosa… Incomprensiblemente hermosa.

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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