Decidir, Nadar, Amar

Una alberca. El césped. Los cigarros que se consumen abandonados en el cenicero. Los besos que se lleva el tiempo pero que quedan un poquito enterrados en nuestros labios. El colibrí que canta despertando a la Diosa… Todo esto que está a punto de volver a empezar.

Y las cosas se demoran. El té de las cinco a veces lo tomamos a las seis. Nuestro amor, por más que planeamos lo contrario, tal vez comience tiempo después. ¿Y es eso malo? Tal vez tus ojos me enamoren más que hace tanto tiempo, es probable que ya se sientan cómodas nuestras manos. ¿Y si te dijera que, en la lejanía, todo esto fue planeado?

El sol escurriendo por tu espalda y los audífonos adornando tus orejas. No escuchas ninguno de mis pensamientos, y no creo que alguna vez lo hayas hecho. Algunos dirán que me estoy adelantando, que esa jodida distancia nos sigue separando. Distancia que no existe, que viejas espinas han puesto en nuestro recorrido. ¿Estás dispuesta a vivir todo esto de nuevo, a recortar la distancia y volver a intentarlo?

La última bocanada del cigarro, el último trago al escocés con dos hielos. La pregunta no es si tú lo harás, si estás dispuesta a suprimir dicha distancia, porque sé que al final te rendirás y lo harás. El problema es si estoy dispuesto a hacerte feliz, a enamorarme otra vez de ti. Coño, me gustas tanto, pero no quiero volver a hacerte lo mismo. No quiero enamorarte, enamorarnos, y al final mandar todo al carajo.

Fuera del murmullo de éste paraíso donde nos encontramos sé que está lloviendo. Que hay recuerdos embarrados en los muros y viejos asientos del metro donde la soledad me espera con una rosa en la mano. No para de llover y el día aún es largo, y contigo todo está tan soleado. Todavía no termino la última bocanada del cigarro y tú me sigues esperando, con una vieja promesa de amor reflejada en tu espalda sólo cubierta por el traje de baño, con tus ojos que no terminan de buscar mis labios.

– ¿Nadamos un poco?

– Vale, pero sólo un poco.

Alina se levanta del camastro, se unta un poco de bloqueador en el cuerpo, me embarra un poco en la nariz y me toma de la mano. Bueno, ahora debo levantarme, sonreír y besarla un poco. Ella me responde el gesto con una sonrisa que revuelve a esos horribles bichos en mi estómago, que de seguro hizo que me sonrojara y quedara como un estúpido. Vamos a nadar, porque la señorita quiere nadar.

Mis pies se hunden en el primer escalón de la alberca. Ella ya se ha adelantado, tiene el cuerpo sumergido hasta el cuello y me mira con esa mirada que tal vez lo haga por mucho tiempo. Estoy aterrorizado. Me tiende la mano, sabiendo que estoy decidiendo. Me sonríe, me besa un poco, me besa más. Yo simplemente no quiero lastimarla, enamorarla y que las cosas, al final, no salgan como ella quiera.

– Vamos, Rodrigo, atrévete a nadar un rato conmigo.

 Pero si la última vez casi nos ahogamos…

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About Rodrigo Javier Martínez

Abogado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Twitter: @untalroy
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